Mónica me pregunta de qué tratan mis libros y me pide que le recomiende uno. Son dos preguntas que siempre evito responder. La primera, porque me sentiría como un crío sometido a un examen oral delante de la pizarra y de los compañeros (así solían evaluarnos en mi colegio); la segunda, también por lo anterior, pero sobre todo porque considero de mala educación recomendar libros propios. Siempre digo lo mismo: no me gusta hablar de mis libros y jamás cometo la grosería de preguntar a un lector si le han gustado, búscame en Google y allí encontrarás toda la información necesaria, entrevistas incluidas. Así podrás decidir tú. No te sientas en la obligación de leerme. Pero si te apetece, estaré encantando de dedicarte el que quieras, incluso regalártelo. El riesgo es parecer maleducado. Peor sería parecer imbécil. El interés de Mónica es sincero. Casi todos los días desayuno ahí, siempre con un libro. Puedo desayunar sin café, sin tostada, pero no sin mi cuaderno y un libro. Nunca digo que soy un juntaletras y me incomoda que me presenten como escritor, pero tanto va el cántaro a la fuente que se acaba rompiendo. Este oficio está lleno de paradojas, pero no creo que más que otros oficios: hay que ser humilde (no sólo en la escritura, también en la vida), pero sin un ego desproporcionado resulta imposible escribir una sola página (pensadlo un poco: hay que estar muy loco, ser muy tonto o muy egocéntrico, o todo a la vez, para pensar que lo que te pasa por la cabeza pueda resultar interesante a quien no te conoce y también, ya que estamos, a quien te conoce); soy tan reservado que me he distanciado y hasta he retirado la palabra a amigos que hablan demasiado, no soporto que nadie cuente algo mío que considere íntimo (puedo ser una tortura, lo reconozco, porque casi todo lo considero muy íntimo y muy personal: mis cosas las cuento yo y mi teléfono lo doy yo, lo siento), pero encuentro irresistible el juego de ocultarme detrás de mis personajes. Escribir es como hacer estriptís al revés, dice Vargas Llosa. Algo así como un exhibicionista pudoroso. Es raro, ya lo sé, pero es cierto. Los libros que más me gustan son aquellos que en lugar de sustentarse sobre el artificio de la ficción se apoyan en la propia vida. Los que cuentan la vida del escritor, aunque sólo veamos la cáscara. El reto de contarlo todo pero al mismo tiempo no contar nada. O al revés, si lo preferís: no contar nada pero contarlo todo, salpimentado con claves entendibles para la mayoría pero cuyo verdadero significado sólo resulta accesible a la gente muy cercana. Así es Ensayo general, de Milena Busquets, mi compañía feliz durante varios desayunos. Raro es el texto que no me ha emocionado. Apenas llevaba un tercio y le mandé un mensaje a un amigo para que corriese a buscarlo. A otro se lo recomendé durante una conversación. A una amiga le he mandado varios párrafos subrayados (ahora me siento mal porque quizá hayan sido demasiados: la paciencia de los demás no tiene por qué ser tan grande como nuestro entusiasmo). Hay libros que gustan a unas personas y a otras no. Por eso no se lo recomendé a Mónica. No la conozco. Pero quizá lea este post. Sabe mi nombre, mis apellidos, y usa Google. Ojalá le contagie mi entusiasmo. Igual que a vosotros. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto un libro. Con o sin desayuno.
© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024
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