Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Un hipster en la España vacía

No he nacido en un pueblo pero soy de pueblo. Profeso un pueblerinismo peculiar (o no tan peculiar) del que me siento orgulloso, sobre todo cuando viajo. El pueblo en los 70 era un pueblo de verdad: calles sin asfaltar, mujeres enlutadas como en una película antigua, algún compañero en clase que escribía mi nombre con “h”, sin “s” al final, sin tilde y en minúscula. La autovía era un sueño tan lejano y prometedor como el año 2000. También el teléfono. En mi casa no llegó hasta bien entrada la adolescencia (la mía). Entonces era difícil, mucho, que las líneas llegasen fuera del casco urbano. Cuando era urgente alguien se encargaba de ir a nuestra casa a avisarnos. O era mi madre, siempre dispuesta y valiente para solucionar problemas, la que iba a buscar un teléfono. La vida era sencilla y feliz para un niño al que le bastaba la compañía de sus perros y de sus tebeos y una bici para explorar caminos. Aún no se habían inventado las bicis de montaña ni esa cursilería del senderismo.
Demasiadas veces he visto a quienes viven en una ciudad (a menudo gente muy cercana) mirar por encima del hombro a cualquier cosa que huela a rural. También demasiadas veces la superioridad tiene que ver con la ignorancia. No es nuevo y seguirá pasando. No sabía que Emilio Martínez Lázaro había rodado una película inspirada en la novela de Daniel Gascón. Como tantas otras, la arrumbé en la torre de libros pendientes, cada año más alta. No es nada del otro mundo (la película), creo que el asunto daba para mucho más, pero estuve todo el tiempo con una sonrisa. Con eso me vale. Muchas veces lo he hablado con un amigo político madrileño: la gente de los pueblos se mosquea (con razón) cuando aquellos cuya experiencia campestre son los paseos por el Retiro o un domingo en la sierra se empeñan en modernizarlos. Un hipster en la España vacía lo cuenta muy bien. Sentaos a verla cuando tengáis un momento. Ya digo, sin ser nada del otro mundo (ni falta que le hace), tiene momentos impagables: el uso de los posesivos, tan incómodos para los modernos, en una relación de pareja; el taller de nuevas masculinidades o las partidas de cartas paritarias en el único bar del pueblo; o ese Miguel Rellán (qué grande, recuerdo cuánto disfruté hace no muchos años en el teatro del Círculo de Bellas Artes en Madrid con Cartas de amor) explicando a los parroquianos el vergonzante manspreading. Airear la huevada, sí, hablando en plata: yo tampoco sabía lo que significada, o me había esforzado en olvidarlo. Como tantas cosas que me quieren enseñar. Tal vez soy ya demasiado viejo (y pueblerino) y veo venir de lejos, como dice Tito Valverde (tan grande como Miguel Rellán) en la película, a los tontos con iniciativa. Esos son los peores. 
Estoy de acuerdo. 


 © Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2024 

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