La mano de Sonny Blue
Dicen que como la IA puede escribir novelas es una amenaza para los juntaletras. Yo no lo creo: no que un robot no pueda escribir novelas, en algunas librerías ya las ofrecen, parece, y las venden; incluso la gente las compra y hasta las lee. Convivirán en el futuro las novelas escritas por máquinas con las paridas por gente de carne y hueso, me temo. No sé en otros ámbitos si la IA será tan peligrosa como tanto se proclama estos días, es posible, pero no me preocupa en la escritura. Si alguien quiere ver su nombre en la cubierta de un libro escrito por una máquina, allá él, o ella. Pero yo prefiero sentir cómo lo que sale de mi cabeza se convierte en palabras gracias al baile incesante de la pluma en el cuaderno. Si a algunos lectores les da igual leer lo que ha escrito una máquina, allá ellos. Me dan un poco de pena, si soy sincero, porque los libros que prefiero son aquellos en los que puedo ver a la persona que está detrás. Una de las cosas más difíciles de conseguir cuando uno escribe —y créedme, porque sé bien de lo que hablo— es la personalidad. Todo lo demás puede aprenderse, supongo. Nunca he asistido a un taller de escritura: todo lo que sé, poco o mucho, lo he aprendido leyendo a escritores, los que me gustan y los que no me gustan tanto, y escribiendo, sobre todo escribiendo mucho. Detrás de una historia de Stephen King veo al autor asomado a pesar de su esfuerzo, si existe, de desaparecer. Me pasa igual con Ray Bradbury, Antonio Muñoz Molina, Pérez-Reverte, Nickolas Butler o los cuentos de Cheever, Carver o Cortázar. No olvidéis persignaros tras citar a estos tres. La personalidad de un texto, al cabo, tiene que ver con la imperfección. Igual que la cara de una mujer te gusta porque no es la de un robot, sino porque tiene una ceja más alta que otra, porque los labios se le tuercen de una forma peculiar, única, al sonreír; o por cómo le brillan los ojos cuando le dices unas palabras bonitas.
Sin embargo, creo que la IA es una herramienta muy útil si se la sabe usar. Lo compruebo estos días, arremangado en la recta final de una nueva novela: ahorra tiempo para mantener a raya a esos viejos conocidos tan incómodos de los escritores: las redundancias, las muletillas, las erratas. Hasta para diseñar el plano de un pueblo imaginario en el sur de España donde sucede toda la segunda parte de mi novela (la que más me gusta, además) me ha servido. Era divertido situar unas ruinas romanas, una muralla almohade, el campanario de una iglesia donde habita una cigüeña que uno de los personajes mira desde su ventana, una fuente de la que se cuenta una leyenda o un arroyo que nunca se seca; colocar ese pueblo grande o ciudad pequeña en una montaña, a tantos kilómetros de un sitio y a tantos de otro para que resulte verosímil. Todo eso es estupendo, divertido, incluso fascinante, pero de nada sirve sin una historia que brota desde muy adentro, de unos personajes que siento míos porque los he creado.
Me acuerdo de un episodio de una serie, Desenlace inesperado, que emitían en la tele los domingos por la tarde cuando era un niño: Una mano para Sonny Blue, que contaba la historia un pitcher de las grandes ligas de béisbol que perdía la mano en un accidente automovilístico. Cada vez que tengo la tentación de sacar la mano por la ventanilla mientras conduzco me acuerdo de Sonny Blue. Al deportista le trasplantan la mano de un delincuente y esta adquiere vida propia, hasta el punto que al final del episodio decide cortársela. Las manos de Orlac, ya lo sé, de Maurice Renard; y La mano, de Oliver Stone, aunque fue posterior, también lo sé. Las historias tienen estos vasos comunicantes.
A mí las novelas escritas con IA se me antojan esa mano de Sonny Blue: quizá hábiles, estupendas, pero impostadas. Para escribir, si acaso, mejor hacerlo con una sola mano que con dos si una no es tuya.
Septiembre de 2026
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