Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Junio



 

            Junio es mi segundo mes favorito del año. Mi preferido es diciembre. Pero eso ya lo saben quienes me conocen. Es curioso no ser dado a los extremos y preferir los meses en los que comienzan el verano y el invierno a la primavera o al otoño. Tal vez es porque no soy de medias tintas. Prefiero, como dice alguien en una película que no viene al caso, que si sí o que si no. Quizá no sea sino una manía, o una preferencia tan legítima como la que tengo por las camisas azul marino, los pantalones vaqueros, las mujeres que no se maquillan mucho, las mujeres guapas, las mujeres inteligentes, las mujeres con sentido del humor: las mujeres; el silencio, el café en taza grande, la carne muy poco hecha, los sabores fuertes, el pan tostado y la leche muy fría cuando los fantasmas me roban el sueño. Podría decir que me gustan junio y diciembre por premonitorios o por la inevitable nostalgia de la infancia: el segundo anticipa la Navidad, el primero el verano. Pero las fiestas me empiezan a pesar tras la Nochebuena y el verano siempre se me hace demasiado largo. Supongo que disfruto más preparando que haciendo, más pensando que ejecutando, o quién sabe si me ocurre como a ese futbolista de un cuento de Javier Marías que, tras regatear a todos los defensas y al portero, le gustaba mantener en vilo a los aficionados deteniendo el balón un momento en la línea de gol antes de estrellarlo en la red. Siempre pensé que lo hacía porque una vez resuelto lo más difícil, llegar él solo hasta la portería contraria, marcar o no resultaba irrelevante. Lo importante es parar el tiempo (En el tiempo indeciso, se titula ese cuento), en la línea de gol, en los primeros días de diciembre cuando todo parece posible, en la paz sobrecogedora de una playa cuando empieza junio. 

 

 


© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2024 

 

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