Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Lecturas felices


 

Combinar lecturas felices es otro de los placeres veraniegos. En las últimas semanas, de las piezas breves de Milena Busquets a otro tomo de los Diarios de Iñaki Uriarte. Qué gran descubrimiento. De los cuentos de Philip K. Dick a un par de viejas novelas de Grisham. Llevaba por los menos veinte años sin leer al rey de las novelas de abogados y al retomarlo recuerdo, si es que lo había olvidado, que tiene cosas bastante estimables. También sucede que no tengo prejuicios o procuro no tenerlos. Un par de viejos Grishams zampados este verano sin tener que tomar una pastilla para amortiguar los sentimientos de culpabilidad. Placeres culpables, que dirían los esnobs. Y yo que me alegro. Por no sentirme culpable, digo. Revistas cuya lectura he aplazado durante años porque prefiero abrirlas en verano. Siempre encuentro algo. Al cabo de un año estarás lleno de cosas, decía Ray Bradbury. Además de mi padre, Ray Bradbury es de los pocos tipos cuyos consejos sigo a pies juntillas. El otro día, un texto sobre una cabina de teléfono en las primeras páginas de una de esas viejas revistas me dio una idea excelente. Tengo que madurarla, pero estoy seguro de que se va a convertir en un cuento de género fantástico. Leo poemas sin orden, según me apetece; aprendo sobre el miedo y sus mecanismos, también de su poder, en un ensayo de Marina, el filósofo. Me entero que se acaba de editar una recopilación de textos de Garriga Vela y ese mismo día me hago con ellos. Son artículos publicados en la prensa durante los últimos treinta años. Garriga Vela es uno de esos autores desconocido para demasiados lectores. Peor para ellos. Siempre me pareció un escritor excelente. No hace falta tener presencia en las redes sociales, ni seguidores, ni hacerse selfis donde generalmente sales más feo de lo que eres para ser un escritor cojonudo. He disfrutado varias novelas suyas, alguna recomendé en la radio, hace años, y avizoraba que me gustaría en este registro. Y tanto que me gusta. Después de todo, si uno sabe juntar letras, puede hacerlo bien en más de un formato. No siempre pasa, pero me agrada descubrir cuando sí pasa. 
Y escribo. No dejo de escribir. Una suerte de diario, estos textos que comparto con vosotros. Algún poema, cuando me apetece. Dibujo, cada vez menos porque ahora vuelvo a sentir el impulso irrefrenable de contar historias. Ando terminando un cuento nuevo, voy esbozando los siguientes. La vida pasa. Y esto que me pasa es la vida. La disfruto. A mi manera, claro. Me avergüenza un poco decirlo porque no quisiera faltar al respeto a nadie. Las cosas malas, que también las hay, como en la vida de cualquiera, me las reservo. Prefiero contar las buenas. Y disfrutarlas.

 

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2024 

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