Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Tesoros ocultos


            Busco un párrafo subrayado en un libro leído hace años. Suelo recordar muchas frases anotadas, reflexiones, no importa de cuándo. Basta sacar el libro de la estantería y pasar páginas hasta encontrarla. La operación no suele llevarme más de unos pocos minutos. Desde hace tiempo vuelvo a tener casi todos mis libros en el despacho, por fin. Aun sin abrirlos, me gusta su compañía. Tengo que ordenarlos un poco mejor, pero lo voy dejando. La procrastinación es uno de mis puntos débiles. Pero nadie es perfecto. 

            También dejo tesoros ocultos en los libros: papeles que significan algo especial, entradas de cine, tickets de cenas en las que fui feliz o estuve a punto de serlo, pequeños objetos, fotos. Hará una década encontré una pegatina que me regalaron en una oficina de reclutamiento de los marines en West Virginia en 1987. La volví a dejar donde estaba y me esforcé en olvidarlo. En las páginas de una novela estupenda encontré unas fotos que me regalaron hace muchos años, pero como ese libro me gusta tanto y sabía que no podría olvidarlo pensé guardarlas en otro, para volver a sorprenderme algún día. O para buscarlas. Existen distintas formas de ser un explorador decente y vivir aventuras sin salir de la biblioteca. Pero no fui capaz de moverlas. 

            A veces alguien deja tesoros por mí. Quién sabe si también para mí, pero no quisiera pecar de pretencioso. El de esta tarde no esperaba encontrarlo, no sabía que existía. Al separar la cubierta de la primera página encuentro una lima de uñas, rosa. Una mujer que leyó este libro, seguro que por mi recomendación. La imagino arreglándose mientras leía. O la recuerdo. Sonrío. Quizá la lima quedó enterrada sin ninguna intención, como quedan sepultados los objetos que algún día descubrirán los arqueólogos. Encuentro la cita que buscaba, pero ya no me interesa. Vuelvo a dejar la lima donde estaba. Devuelvo el libro a la estantería. Los tesoros son sagrados. Por eso siempre los dejo donde los encuentro y me esfuerzo en olvidarlos, aunque por culpa de esta puñetera memoria sea imposible.

 

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2024 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla