El último mohicano

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Menuda puesta de sol, ¿verdad, Hawkeye? Más quisieran los atardeceres playeros que inundan Instagram estos días. Qué bien lo pasé viendo vuestra película. Alguna crítica se sorprendía de que Michael Mann, el director de Miami vice, estuviese al frente de un proyecto así. La vi en el cine y cada vez que vuelvo a verla me retuerzo en el asiento durante los últimos doce minutos. Un ejemplo perfecto de clímax continuo donde la tensión no deja de crecer hasta el final mientras contienes la respiración. Es, sencillamente, perfecto, sin un puto diálogo y con esa música. Desde que Duncan, el oficial inglés estirado, te la juega cuando has decidido sacrificarte en la hoguera para salvar a Cora. Je suis Le Longue Carabine! , gritó, para que lo quemasen a él en lugar de a ti.  Igual de haber sabido francés todo habría sido distinto. Luego tú lo alivias de las llamas con un disparo en la frente. A quién le iba a sorprender ya tu puntería. Pero si ibas cargándote desde el fuerte a todos los que...

Esos borrachos

De lejos los soporto, pero me incomodan los borrachos cuando se acercan. No hace mucho, sentado en una terraza con mis apreciados Juan Antonio y Manolín, llegó un desconocido y me dio un abrazo pegajoso. Como para determinadas muestras de efusividad soy bastante ingenuo y, puesto que no sabía quién era y dados los escasos índices de lectura las posibilidades de encontrarme con un seguidor en la calle son insignificantes, aún más si se me lanza al cuello, pensé que conocía a mis amigos. Pero el gesto de ambos indicaba lo contrario. Además, el lento movimiento de cabeza de Manolín resultaba inequívoco hasta para el más torpe: mejor marcharse a dar abrazos a otra parte. Lola, la dueña del bar, lo despachó rápido hacia la parada de autobús. La intervención de una mujer con los ovarios bien puestos suele ser mano de santo.
Los de la otra noche eran cuatro. Andaba ocupado en otros asuntos más interesantes y no los había visto. Estaba pagando la cuenta cuando uno de ellos me golpeó en el costado. Nada grave, aunque he visto a gente ponerse a dar puñetazos por mucho menos. Pensé que me saludaba, que se había confundido. ¿Lo conoces?, pregunté a la camarera. Sacudió la cabeza, el gesto inquieto de quien avizora tormenta. Está borracho, me dijo quien me acompañaba. Se iba a caer y se ha apoyado en ti para evitarlo. Los otros tres seguían en la barra, esperando un vaso de plástico para llevarse lo que les quedaba por beber. Me fijé en las camisetas, idénticas, con el logo de una empresa. La mezcla de camaradería y alcohol resulta peligrosa para quien no forma parte de ella. Llegamos a la puerta. Llueve a mares. El que me ha golpeado o saludado o usado para no caerse se mantiene erguido a duras penas, como un tentetieso averiado. Vámonos, me dice ella. No acostumbro a meterme en líos. Ella lo sabe. Vaya si lo sabe. Sólo camino despacio. Es muy difícil que estalle. Alguna vez he estado a punto de llegar a ese límite: me han agarrado por la solapa o me han golpeado en el pecho una y otra vez con el dorso de la mano para provocarme, pero para que me arranque a pelear han de ponerme contra una pared o llevarme a un abismo donde ya no pueda retroceder más; o molestar a la persona que me acompaña. El bienestar de quien está a mi lado es innegociable. Pero, lo siento, no soy perfecto: tampoco puedo soportar que nadie piense que le tengo miedo. Vámonos, insiste. Los tres suben a un coche. El otro se va caminando. Qué digo caminando: zigzagueando. Tal vez viva cerca. La ilusión dura poco. Lo vemos subir al coche. Voy a llamar al 112, me dice ella. Me encojo de hombros. No sé si servirá de mucho. Una vez, no muy lejos de allí, vi salir de un bar y subir al coche a un tipo en las mismas condiciones lamentables que este. En la acera, una pareja de guardias civiles en animada charla con una camarera. ¿Tú no serás tonto?, parecía indicar su gesto cuando les conté lo que pasaba. Lo que has vivido te condiciona, por desgracia. Haz lo que quieras, le digo, por fin. El coche del borracho nos precede. Conduzco despacio, a distancia. No me fío. Los tumbos son los mismos que al caminar. Todavía no ha encendido las luces. Para qué, si sólo es de noche y diluvia. Sólo tarda unos metros en llevarse por delante la valla que separa el carril bici de la carretera. Se lo está contando en directo a la operadora del 112. Le pregunta si está herido. Probablemente no, responde. Pero eso es lo de menos. El problema es que siga conduciendo y mate a alguien. Es otra de esas mujeres con los ovarios bien puestos que te gustaría tener al lado cuando las cosas se ponen feas en un callejón oscuro. Estoy de acuerdo. Ha sido buena idea llamar. El seguro, me cuenta, no se hace cargo de los daños si el conductor está borracho. Ha de pagarlos de su bolsillo. Al menos tienen la matrícula, por si se va. Dos días después vuelvo a pasar por allí. Hay una cinta de la policía. Los daños son más graves de lo que parecía. Suerte que fuera tarde, que lloviese tanto y que no pasara nadie. Ojalá la policía se lo llevase. Ojalá tenga que pagar hasta el último céntimo por destrozar la valla. La matrícula estaba en el suelo. No creo que se necesiten más pruebas si el tipo consiguió marcharse. Tenía que habérmela llevado. O hacerle una foto y ponerla en las redes. Me incomodan los borrachos que se acercan, decía. Todavía más los que conducen. 


 © Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2024 

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