Otoño
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No sé si será por las caricias a mi perro, de cuya resistencia podrían aprender hasta esos galos de los tebeos. O por los lametones de mi perro: a veces me pregunto si me equivoco cuando afirmo que tiene suerte por no saber nada, porque cuando me mira la pena es por mí, no por él; porque lo sabe todo y me dice: “No te preocupes, chaval. Haces lo que puedes y lo que debes. Todo está bien.” También puede ser, ya que me he puesto mimoso, por las caricias, los besos y los abrazos que doy a la gente que quiero. O por las caricias, los besos y los abrazos que me regala la gente que quiero. Quién sabe, a lo mejor es por esos dos libros que me estoy zampando a la vez: uno sobre anécdotas de escritores que me han pedido presentar (consuela comprobar que los más grandes también tuvieron defectos y manías, pero eso los hace más humanos, esto es, todavía más grandes); otro, la biografía de un conquistador. Desde siempre me interesaron estos aventureros barbudos. Y, ya puestos, conquistar, en un contexto muy distinto pero no menos esforzado, también es seducir. Al cabo, alguna mujer me ha echado en cara haberla conquistado. Conquistar es, pues, un verbo tan agradable de conjugar como seducir: a las mujeres, a la gente, a los amigos, a los lectores. Puede ser por la nueva esterilla para practicar yoga (más ligera, más adherente, más cara también) o esa camisa a punto de estrenar, aunque tenga demasiadas en el armario. No está mal gastar un poco en cosas innecesarias, no pasa nada. Siempre hay gente cercana a la que le gusta mi ropa y acabo regalándosela. Hay más motivos para estar satisfecho, ya que estamos, o en paz, que es como estar satisfecho pero todavía mejor: por hacer lo correcto, aunque no te beneficie. Tampoco se trata de que te perjudique. Ir en contra de tus intereses no debería ser una costumbre, pero hacer cosas sólo porque es lo que toca o lo que te apetece o incluso porque puedes y ya está no es mala forma de manejarse por el mundo, creo. Igual también es porque algunos amigos te llaman y te proponen planes. O porque los llamas tú y les propones planes. Con los amigos no debe usarse un cuadrante. Incluso puede que sea porque mañana estrenan una película que me apetece mucho ver, en el cine, por muchas cosas, pero sobre todo porque en la oscuridad se disimulan las lágrimas. Tal vez es porque ese cuento, por fin, está a punto de terminarse y otras historias aguardan su turno para ser escritas. O quizá sólo porque este año las estaciones cambian de forma suave. Ha hecho calor en verano, lo normal en estas latitudes. Pero no ha sido grave, o será porque el picor agradable del salitre tras un baño en el mar contribuye a que todo sea más llevadero. La primavera lluviosa, y ahora también el cielo gris mientras tecleo. Porque la luz es más oblicua y menos intensa por las tardes y los días son más cortos; porque ya no paso calor con pantalones largos. Porque queda menos para diciembre y diciembre es mi mes favorito del año.
Yo qué sé.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2024
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