Oye, chaval

Imagen
A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Chimeneas

A veces en mi despacho sólo leo. Me gusta leer rodeado de libros. Ahora lo hago mientras llega el momento de cambiarme para ir a mi bendita clase de yoga y me acuerdo de dos momentos, siempre me vienen a la memoria los mismos, también leyendo. El primero, en diciembre de 1987, sentado fr
ente a una chimenea, solo, ni siquiera teníamos teléfono, o si lo teníamos desde hacía poco no era ese incordio de ahora. Era viernes, al anochecer. No había nadie más en casa, no sé por qué. El segundo, en otra casa, 1990, también diciembre, también delante de una chimenea, también solo, también un tocho que quizá no cabría en una caja de zapatos. Sólo habían pasado tres años entre esos dos momentos, no he sido consciente hasta ahora, quizá porque habían cambiado muchas cosas en demasiado poco tiempo. Atesoro en la memoria muchos instantes que merecen la pena. Como todo el mundo, vaya. Relámpagos de felicidad. Los busco una y otra vez. No sólo de lectura. Algunos incluso mejores que guardo para mí. Los he tenido y no dejo de buscarlos. Pero hoy no ha sonado el teléfono en toda la tarde y mientras leía he perdido la noción del tiempo. El tiempo detenido. Así titulé un cuento que formó parte de una colección. Algunos lo habréis leído. Pero qué importa eso ahora. Los buenos momentos también llegan sin buscarlos. Aunque este año no habrá chimenea, parece. Es largo de contar. Miento: no es largo de contar, pero no puedo porque no tiene sólo que ver conmigo. Aunque no contar las cosas también es una forma de contarlas para quien sepa entenderlas.

La vida, tan extraña, tan implacable. 

Tan puñetera.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2024 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

Nadar hasta que pueda

Regalo ejemplares de El factor Einstein