Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Nunca serás viejo

 


Cuando sea viejo y use bastón serás tú quien me lleve a pescar. Me lo dijo mi padre, una noche, en la playa, de niño. A él le gustaba pescar de noche. A mí siempre me aburrió pescar, pero me gustaba acompañarlo. Entonces pensaba que mi padre nunca sería viejo, pero ya hace mucho que no tira las cañas desde la orilla. Tres décadas después, en la orilla de la misma playa, le dije a mi sobrina, mientras paseaba de mi mano, que cuando yo fuera viejo sería ella quien tendría que llevarme de la mano a mí. Tú nunca serás viejo, tito, respondió. Estremece la confianza inquebrantable de los niños. Pero los años pasan. Los sobrinos crecen. El endiosamiento deviene en ateísmo, suele pasar. Los padres se convierten en hijos y los hijos somos una suerte de padres. 
Todo me viene a la cabeza en la sala de espera de urgencias. Un dibujo infantil en la pared. Mi madre al lado y una niña pequeña en brazos de su madre. Vamos todos a radiología. La niña en brazos de su madre y mi madre cogida de mi brazo. La cría llora mientras la miran por rayos. La madre ha entrado con ella. Mi madre espera su turno en alguna parte donde ya no puedo acompañarla. Luego, la doctora le habla con la misma ternura que a una niña. Me dan ganas de ponerme de rodillas cuando un médico es amable. Algunos riñen a los mayores como si fueran niños. O, peor: recurren a la condescendencia. No soporto la condescendencia. Mi madre está bien. Ha tenido suerte. Podía haber sido mucho peor. Hay que tener cuidado. Ser viejo es tener miedo a caerse. Siempre tengo presente esa sentencia tan lúcida del gran Manuel Alcántara. Pero tú nunca serás viejo, tito. Vuelvo a recordar la frase. 
Ya me gustaría olvidarla. 

 © Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2024

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