El club de los poetas muertos

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Lo he contado muchas veces: me gusta ir al teatro cuando estoy en Madrid. Manías que tiene uno. A pesar de haber visto la película cuando la estrenaron en el cine (puede que la haya vuelto a ver alguna vez), o quizá por eso, sentía curiosidad por la versión teatral. Conservaba un recuerdo muy nítido de John Keating, ese profesor que animaba a sus alumnos a subirse a los pupitres para ver el mundo de otra manera, cambiar de perspectiva, dar la vuelta a los argumentos, desconfiar de lo que todo el mundo daba por sentado, cuestionarse a uno mismo sin cesar; pensar, en definitiva. Los buenos profesores, creo, son los que te enseñan a pensar por tu cuenta, más allá de lo que puedas aprender de memoria para aprobar un examen. Alguno tuve, por fortuna. Más de uno, en realidad. No ha estado tan mal la vida, después de todo.  No  cabía un alfiler en la representación de El club de los poetas muertos . Lo bueno de la versión teatral es que es la película y al mismo tiempo no lo es. Jua...

Nunca serás viejo

 


Cuando sea viejo y use bastón serás tú quien me lleve a pescar. Me lo dijo mi padre, una noche, en la playa, de niño. A él le gustaba pescar de noche. A mí siempre me aburrió pescar, pero me gustaba acompañarlo. Entonces pensaba que mi padre nunca sería viejo, pero ya hace mucho que no tira las cañas desde la orilla. Tres décadas después, en la orilla de la misma playa, le dije a mi sobrina, mientras paseaba de mi mano, que cuando yo fuera viejo sería ella quien tendría que llevarme de la mano a mí. Tú nunca serás viejo, tito, respondió. Estremece la confianza inquebrantable de los niños. Pero los años pasan. Los sobrinos crecen. El endiosamiento deviene en ateísmo, suele pasar. Los padres se convierten en hijos y los hijos somos una suerte de padres. 
Todo me viene a la cabeza en la sala de espera de urgencias. Un dibujo infantil en la pared. Mi madre al lado y una niña pequeña en brazos de su madre. Vamos todos a radiología. La niña en brazos de su madre y mi madre cogida de mi brazo. La cría llora mientras la miran por rayos. La madre ha entrado con ella. Mi madre espera su turno en alguna parte donde ya no puedo acompañarla. Luego, la doctora le habla con la misma ternura que a una niña. Me dan ganas de ponerme de rodillas cuando un médico es amable. Algunos riñen a los mayores como si fueran niños. O, peor: recurren a la condescendencia. No soporto la condescendencia. Mi madre está bien. Ha tenido suerte. Podía haber sido mucho peor. Hay que tener cuidado. Ser viejo es tener miedo a caerse. Siempre tengo presente esa sentencia tan lúcida del gran Manuel Alcántara. Pero tú nunca serás viejo, tito. Vuelvo a recordar la frase. 
Ya me gustaría olvidarla. 

 © Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2024

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