Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Mariconeras


Decía Kate Winslet en Un dios salvaje que odiaba los bolsos para hombres. Los tíos, añadía, debían llevar los brazos libres, como John Wayne. Estoy de acuerdo. A mí tampoco me gustan. Prefiero llevar mis cosas en la mano, pero a veces, si no quiero ir cargado como un porteador de las películas de Tarzán, también uso uno. Porque a poco que me descuide los bolsillos se llenan de bultos antiestéticos y temo que me pare la policía por si oculto una bomba bajo la cazadora. En verano es peor, porque sólo tengo los bolsillos del pantalón. Cuando me acompaña una mujer suelo pedirle que me guarde las gafas y la cartera en el bolso. Pero no siempre me acompaña una mujer y las mujeres que me acompañan no siempre llevan bolso.

Antes se llamaban mariconeras, pero creo que ya poca gente se atreverá a usar esa palabra. A mí no me parece ofensiva, pero la capa de hielo sobre la que hablamos y escribimos es cada vez más fina. Tengo varios, lo confieso, y algunas mochilas. Incluso uno pequeño y práctico que cuelgo de la trabilla del pantalón, una suerte de cartuchera que confiere a mis andares cierto aire de pistolero. Me pregunto qué diría el personaje que interpretaba Kate Winslet en aquella película, si la proximidad al peculiar caminar de John Wayne disculpará el antiestético bolso masculino. 

Soy tan desordenado que en medio minuto puedo convertir la habitación de un hotel en el almacén de una lavandería en hora punta, pero con el tiempo he aprendido a aprovechar el espacio de estos bolsos (o mariconeras, lamento si alguien se ofende) como un buen discípulo de Marie Kondo (que, por cierto, ni siquiera sé cómo es su cara). No cabe un alfiler, pero al menos cierran las cremalleras sin estallar: mi inseparable cuaderno, un estuche con varios bolígrafos, lápices, sacapuntas y goma de borrar; las gafas de sol, las gafas de leer, el móvil, los auriculares (qué gran invento el podcast) y un libro de setecientas páginas. El kit de aislamiento completo para desayunar.

Lo imprescindible cabe en una pequeño bolso, por poco elegante que sea. 



© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2025 

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