Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Mariconeras


Decía Kate Winslet en Un dios salvaje que odiaba los bolsos para hombres. Los tíos, añadía, debían llevar los brazos libres, como John Wayne. Estoy de acuerdo. A mí tampoco me gustan. Prefiero llevar mis cosas en la mano, pero a veces, si no quiero ir cargado como un porteador de las películas de Tarzán, también uso uno. Porque a poco que me descuide los bolsillos se llenan de bultos antiestéticos y temo que me pare la policía por si oculto una bomba bajo la cazadora. En verano es peor, porque sólo tengo los bolsillos del pantalón. Cuando me acompaña una mujer suelo pedirle que me guarde las gafas y la cartera en el bolso. Pero no siempre me acompaña una mujer y las mujeres que me acompañan no siempre llevan bolso.

Antes se llamaban mariconeras, pero creo que ya poca gente se atreverá a usar esa palabra. A mí no me parece ofensiva, pero la capa de hielo sobre la que hablamos y escribimos es cada vez más fina. Tengo varios, lo confieso, y algunas mochilas. Incluso uno pequeño y práctico que cuelgo de la trabilla del pantalón, una suerte de cartuchera que confiere a mis andares cierto aire de pistolero. Me pregunto qué diría el personaje que interpretaba Kate Winslet en aquella película, si la proximidad al peculiar caminar de John Wayne disculpará el antiestético bolso masculino. 

Soy tan desordenado que en medio minuto puedo convertir la habitación de un hotel en el almacén de una lavandería en hora punta, pero con el tiempo he aprendido a aprovechar el espacio de estos bolsos (o mariconeras, lamento si alguien se ofende) como un buen discípulo de Marie Kondo (que, por cierto, ni siquiera sé cómo es su cara). No cabe un alfiler, pero al menos cierran las cremalleras sin estallar: mi inseparable cuaderno, un estuche con varios bolígrafos, lápices, sacapuntas y goma de borrar; las gafas de sol, las gafas de leer, el móvil, los auriculares (qué gran invento el podcast) y un libro de setecientas páginas. El kit de aislamiento completo para desayunar.

Lo imprescindible cabe en una pequeño bolso, por poco elegante que sea. 



© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2025 

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