A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...
Agua
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
A mí me gusta la lluvia. Pocos momentos más felices se me ocurren que tener en las manos un libro de esos que no caben en una caja de zapatos mientras los goterones golpean el tejado o, ya que estamos, tener entre las manos otras cosas menos confesables mientras los goterones golpean el tejado; pero me he criado en el sur de España y sin darme cuenta pospongo planes cuando truena el cielo. No sólo una escapada que retraso cada semana: el otro día me dirigía a comer con unos amigos y la Ley de Murphy, tan oportuna y tan puñetera, decidió que empezase a caer granizo mientras atravesaba un páramo. El paraguas no protege las piernas y enseguida estaba empapado desde las rodillas hasta los pies. Hice amago de volverme, llamar a mis amigos y decirles que lo sentía. Sentarme a comer con los pantalones como si hubiera cruzado un río no es la mejor manera de pasar la tarde, ni de disfrutar del vino ni de los amigos. Pero al final llegué a donde me esperaban. Manuel, el camarero que tanto nos cuida, exprimió la cazadora y me invitó a sentarme. Importa menos tener las piernas empapadas cuando hay buen vino, buena comida y buena compañía.
En el sur no estamos acostumbrados a tanto llover. Quizá sea una mala costumbre. El norte no luce ese verde luminoso porque lo pinten, sino porque hay que salir a la calle con chubasquero un día sí y otro también. Más pronto que tarde dejará de llover. La primavera lucirá espléndida y nos emborracharemos de azahar. Y, también, antes de que nos demos cuenta, empezará a hacer calor, mucho calor. Demasiado para un andaluz con vocación de norteño. Y seguirá haciendo calor en septiembre, y en octubre; puede que hasta mediados de noviembre.
Conque, disfrutemos de la lluvia.
(La foto es de mi querido Óscar Gómez, el otro día, en la calle Pacheco y Núñez del Prado, en Sevilla)
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2025
Entradas populares de este blog
Hola y adiós
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...
Nadar hasta que pueda
Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...
Regalo ejemplares de El factor Einstein
A ver cuándo me regalas tu libro. Es una frase que los escritores estamos acostumbrados a escuchar. No sé mis colegas, pero yo casi nunca regalo un libro mío a quien me la suelta, casi siempre amigos que hace mucho que dejaron de serlo o gente que de pronto parece profesarte un empalagoso cariño repentino aunque antes casi nunca te haya dirigido la palabra. Pero también hay unas cuantas personas a las que nunca consiento que compren un libro mío, y lo primero que hago cuando la editorial me manda unos algunos ejemplares (por cierto, para quien no lo sepa: la editorial no regala los libros al escritor. Se los descuenta en la próxima liquidación. Los que le corresponden a él y todos los que han gastado en la promoción) es dedicarlos, meterlos en un sobre y mandarlo por correo, o incluso llevárselo personalmente a sus casas. Muchas de estas personas tan queridas por mí frecuentan este blog y saben que estoy hablando de ellos. A lo mejor es porque toda mi vida he buscado y comprado los lib...
Comentarios