Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Modales


No soporto los malos modales. Me gusta la gente amable, digo la que gasta amabilidad sincera: enseguida me percato de cuando es forzada o, peor, cuando se trata de un imperativo adornado con una sonrisa. Pero si no queda más remedio la prefiero antes que los gestos desabridos. Dice mucho de una persona (en realidad, lo dice casi todo) la forma en que trata a quien se encuentra en una posición de inferioridad. Siempre me han dado alipori esos jefes que gritan a sus subordinados, esos amigos de los que uno va alejándose en silencio y con pena porque tratan mal a los camareros, a los taxistas, al recepcionista de un hotel. Me pregunto cómo serían si mandaran y me alegro de que no manden. Todo eso lo he visto demasiadas veces, por desgracia.
Procuro ser amable, aunque no siempre sea posible, y cuando he creído que no era posible y no he sido amable he acabado arrepintiéndome y torturándome cada vez que se me ocurre algo que pude decir en lugar de lo que dije, que hacer en lugar de lo que hice. No digo siempre, pero la mayoría de las veces existe otra forma hacer las cosas, o al menos de decirlas.
No sorprenden los modales de Trump en la Casa Blanca con el presidente de un país derrotado. Pero qué triste. Zelensky sabe bien que no le queda sino tragarse cuantos sapos le pongan por delante, pero hasta para comerse un anuro pestilente cualquier hombre se merece un miligramo de dignidad. El fulano más poderoso del mundo debería saberlo.
Esto no ha hecho más que empezar, queridos. 

 © Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2025

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