Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Modales


No soporto los malos modales. Me gusta la gente amable, digo la que gasta amabilidad sincera: enseguida me percato de cuando es forzada o, peor, cuando se trata de un imperativo adornado con una sonrisa. Pero si no queda más remedio la prefiero antes que los gestos desabridos. Dice mucho de una persona (en realidad, lo dice casi todo) la forma en que trata a quien se encuentra en una posición de inferioridad. Siempre me han dado alipori esos jefes que gritan a sus subordinados, esos amigos de los que uno va alejándose en silencio y con pena porque tratan mal a los camareros, a los taxistas, al recepcionista de un hotel. Me pregunto cómo serían si mandaran y me alegro de que no manden. Todo eso lo he visto demasiadas veces, por desgracia.
Procuro ser amable, aunque no siempre sea posible, y cuando he creído que no era posible y no he sido amable he acabado arrepintiéndome y torturándome cada vez que se me ocurre algo que pude decir en lugar de lo que dije, que hacer en lugar de lo que hice. No digo siempre, pero la mayoría de las veces existe otra forma hacer las cosas, o al menos de decirlas.
No sorprenden los modales de Trump en la Casa Blanca con el presidente de un país derrotado. Pero qué triste. Zelensky sabe bien que no le queda sino tragarse cuantos sapos le pongan por delante, pero hasta para comerse un anuro pestilente cualquier hombre se merece un miligramo de dignidad. El fulano más poderoso del mundo debería saberlo.
Esto no ha hecho más que empezar, queridos. 

 © Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2025

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla