Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Cariño



Bastaría mirar un rato en Google para quedar como un entendido, pero para qué. Son ya demasiados los todólogos que estudian la Wikipedia con intención de pasar por expertos a la hora del vermú. No tengo ni puñetera idea de ópera, pero me gusta. Lo mismo me pasa con el jazz y con el blues. Sólo he estado en la ópera un par de veces. La primera, hace muchos años, ni siquiera recuerdo cuál era. La segunda, el otro día en Madrid. Tengo suerte. Me invitan al Teatro Real, cuyos alrededores he frecuentado durante muchos años sin entrar nunca. Me gusta perderme por esa zona de Madrid, bulliciosa de día y de sobrecogedora majestuosidad en las noches de invierno. Qué curioso que desde hace casi tres lustros Madrid sea la ciudad que más visito; por gusto o por trabajo, qué más da. Asombra el interior del edificio y desde las ventanas parece que puedes acariciar el Palacio Real con sólo estirar la mano. Emociona la obra, Attila, de Verdi. Emociona todavía más saber que se estrenó hace más de siglo y medio en La Fenice veneciana. Tengo que ir otra vez a Venecia, volver a entrar en ese teatro y, si es posible, disfrutar de un espectáculo. 

Emocionan el espectáculo y el edificio, digo, pero también la pareja sentada en la fila anterior. Él, maduro, elegante. Ella, más joven, muy hermosa, deslumbrante, bien vestida, como tantas mujeres con las que me he cruzado por los pasillos. Me encanta observar a la gente, a ellos los miro con disimulo, amparado en la oscuridad. Se buscan todo el tiempo, pero no de una forma mecánica, gestos establecidos por la costumbre como grises trámites funcionariales. Él pasa el brazo por encima de su hombro y ella le acaricia el dorso de la mano con las yemas de los dedos tan espacio que podría derretirlo, rinde la cabeza en su pecho y él la abraza, para no perderla, para protegerla, para sentirla muy cerca. Le besa la frente, la aprieta contra él un poco más. Puedo sentir las mismas cosquillas que este desconocido. Quizá sea la ilusión del principio, pero también, por qué no, la alegría de estar juntos. Me gusta la gente que se muestra cariñosa en lugares públicos sin importarles qué dirán. No me escandaliza, no me molesta. Me gustan las personas cariñosas en general y las mujeres cariñosas en particular. Mejor todavía si le brillan los ojos al cogerlas de la mano, asienten con satisfacción cuando les abres la puerta del coche o no te haces el remolón a la hora de pagar la cuenta. Lo siento, pero llevo un troglodita dentro y ya tengo muchas canas en la barba para cambiar. Estoy disfrutando de la ópera pero también de la felicidad de una pareja a la que no conozco, dos personas a quienes no voy a volver a ver en mi vida. Tal vez debería darme envidia este tipo, pero debo de estar inmunizado contra ese sentimiento. Sólo he podido sonreír, sonreír todavía más, hay que ver, durante el espectáculo. 

Quizá una de las formas más sencillas y rotundas de felicidad sea estar contento muchas veces.

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2025 

 

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