Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El rincón de fumar


No debería sorprenderme el hilo de humo a pesar de la silla de ruedas y del día que hemos pasado, porque, al cabo, es su rincón de fumar. Me dan ganas de abroncarla, pero me contengo. En realidad, me contengo sólo un poco. Han sido muchas horas de tensión: primero una llamada cuando estaba a punto de salir para comer con unos amigos. El temblor en la voz y la urgencia que sugieren los silencios indican que algo no anda bien. El trayecto breve, pero qué largo, diciéndome, a pesar de lo evidente, que no será nada. Mintiéndome también. La ambulancia que tarda, la espera que nunca se acaba, qué lento pasa el tiempo; el esfuerzo de subirla al coche para que la consuele el aire acondicionado mientras llega la ayuda. A mediodía el asfalto duele. Todo es peor con tanto calor. Mejor no moverla, me recomienda el conductor de la ambulancia. Yo mismo la llevo. Varias pruebas, muchas horas esperando. Sin comer. Mi padre, mi hermana, yo. Y ella. Ella sobre todo. Dos fracturas complicadas. ¿Cuándo no lo son a su edad? Un mes de reposo innegociable. A ver quién es capaz de sujetarla. Una silla de ruedas polvorienta rescatada del trastero. Hay que intentar sentarla sin hacerle mucho daño. Pero no es fácil. Imposible, me temo. Subirla y bajarla del coche ha sido un suplicio, pobrecilla. No tarda en pedir que la llevemos a otra habitación porque quiere estar sola. Pienso que no lo va hacer, hoy no. Pero sí. Hoy sí. Sólo un cigarrillo. Eso me dice, aunque seguro que hay alguno más. Le doy la charla, pero con la boca pequeña. Además, estoy de espaldas. Soy como esos padres que cuando riñen a sus hijos tienen que aguantarse la risa. Porque más que me mosquea que fume me admiran sus agallas para ponerse el mundo por montera, una vez más. Hacer lo que le da la gana porque ya ha cumplido años para eso. Porque ya no tiene que darle cuentas a nadie ni le queda nada por demostrar. Ven, acércate, me dice. Dame un beso. Hoy he estropeado tus planes. Lo siento. Lo hago demasiadas veces, ¿verdad? Ha sido la primera vez en todo el día que se le han saltado las lágrimas.

 

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2025 

 

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