Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

De plumas y amigos


Diciembre y junio son mis meses favoritos del año. Parece claro que, aunque mi gente me considere de naturaleza moderada, para los asuntos del calendario tiendo al extremismo. Junio es la alegría de un amor recién inaugurado, un lugar adonde todavía no pueden llegar el aburrimiento ni las dudas. El mundo recién pintado, como canta Sabina, el azul intenso del cielo aún no hiere los ojos, la piel agradece el roce gustoso de las camisas de lino y la playa por las tardes entre semana es una suerte de paraíso. Como me gusta conducir y no vivo lejos, en junio me gusta escaparme alguna tarde de diario, aunque sólo sea para tumbarme un rato y darme un baño. En julio y en agosto me da más pereza; y en septiembre resulta más difícil espantar la melancolía porque al caer la tarde me acuerdo de esa canción del Dúo dinámico, El final del verano. Septiembre es el momento de lamentarte por lo perdido, por los días no exprimidos. Por la vida que se escapa como arena entre los dedos.

No creo que pise la playa este junio. Quizá por eso agradezco, agradezco todavía más, esta tregua mañanera de nubes y algunas gotas deliciosas de lluvia mientras desayuno. No me gusta el calor. Es lo que tenemos los raros. Como casi todos los días, tengo los ojos abiertos desde antes del amanecer. Quizá porque caigo rendido por las noches y eso, para quien sufre rachas de insomnio, es lo más parecido a la felicidad. Despierto desde tan temprano me da tiempo a pensar en muchas cosas, a prepararme para la batalla. Soy de los primeros en sentarme a desayunar en la terraza del bar. Abro el cuaderno y desenrosco la pluma, pero se ha quedado sin tinta. Sonrío. El otro día, cuando los problemas hacían cola para ponerme a prueba, me crucé con un viejo conocido en la calle y me preguntó cómo iba esa pluma. La pluma bien, respondí, encogiendo los hombros. Los libros también, añadí. Las bromas me salen solas, sin pensarlo, no puedo evitarlo. Tampoco quiero. Es bueno reír cuando la vida se complica.

El cartucho de la pluma estaba vacío esta mañana, decía, pero suelo llevar repuesto. Un bolígrafo de caudal generoso, tinta morada. Me lo regaló hace tiempo María Eugenia, la mujer de mi apreciado Sergio. La pluma también fue un regalo de ellos, por mi cumpleaños. Suelo andar rodeado de cosas que me regala la buena gente. Y estos días soy consciente (una vez más, y es bueno serlo) de cuánta buena gente tengo cerca.

Gracias a todos, queridos. 

Cada uno sabéis por qué. 

 

 

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025 

 

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