Pienso desquitarme
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Junio se está haciendo largo. Tengo una foto y un dibujo de una tarde en una playa solitaria el año pasado. No recuerdo qué hice, pero tampoco es difícil imaginarlo: escucharía algún podcast, me bañaría un par de veces y luego conduciría de vuelta. Menos este, junio siempre es demasiado corto por las ganas de aprovechar las tardes en playas solitarias porque todavía no han empezado las vacaciones escolares, porque aún no hay chiringuitos abiertos entre semana y, si están abiertos, con suerte no revientan la puesta de sol a ritmo de chunda chunda. Agoniza un junio de no dormir, de no hacer tanto ejercicio como acostumbro, ni siquiera he podido darme un paseo por el campo con la bici. De no leer, o leer demasiado poco, que viene a ser lo mismo. De no ver ni una sola película, me distraigo enseguida. Ni una obra de teatro: me muero por ver una representación bajo las estrellas, en las ruinas del mismo lugar donde la gente se sentaba a hacer lo mismo dos mil años antes. Pero escribo cada día, aunque no sea ficción, qué más da. Vuela la pluma que me regaló Sergio mientras desayuno, tan temprano, y los pocos clientes miran al tipo raro del rincón. También dibujo mucho porque es otra forma de contar y el mundo desaparece mientras se mancha el papel.
Tengo ganas de beber mucho tinto de verano, con dados gruesos de hielo, en un vaso ancho. De conducir sin rumbo, sin mirar atrás. También de coger el coche sin rumbo y sin mirar atrás. De estrenar esa camisa negra, ya va siendo hora. De dormir seis horas seguidas, no mirar el teléfono y no cruzar los dedos al descolgar por si ha pasado algo. De beber manzanilla muy fría con mis amigos. De ahorrar felicidad, menos mal que guardo toda la que puedo cuando se presenta para usarla cuando falte. De gastar la felicidad ahorrada.
De vivir, joder.
De vivir.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025
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