Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Un bote de cola


            

Sólo venía a llamar por teléfono es de mis cuentos preferidos de García Márquez: una avería obliga a la protagonista a subir a un autobús que pasa por la carretera. Se queda dormida hasta el final del trayecto, un manicomio del que durante años no podrá salir por más que se desgañita diciendo que ha llegado hasta allí por error. Me acuerdo de esa historia por una octogenaria muy bien vestida, tan elegante que la primera vez que la vi pensé que venía de visita para luego salir de fiesta. Me contó que prefería quedarse en la residencia en lugar de en un hotel porque allí la cuidaban mejor, pero que ahora se iba a dar una vuelta. Pero vi que alguien estaba pendiente de que no saliera. La escena se repite cada tarde. Me contó mi madre que una noche la vio por el pasillo con una maleta, que en otra ocasión le dijo que tenía que irse a trabajar.

Voy cada día a la residencia, a menudo dos veces, me pongo a mirar y no siempre (qué digo no siempre, casi nunca) me gusta lo que veo. Tanta gente sola, maldita sea. Ese matrimonio a los que quise ceder mi sitio en el sofá y me dijeron que no porque estaban esperando a su hijo, pero llegó la hora del fin de las visitas y como no apareció nadie se fueron cabizbajos a su habitación. Ese hombre que habla solo y hace crucigramas, el mismo que mi madre me cuenta que le pide con mucha amabilidad la comida que le sobra. No me pillarán vivo, me digo siempre por los pasillos mientras sujeto el impulso de ponerme a gritar las ganas de vivir que tengo. No se puede pasar por esto y salir indemne. Al menos yo no puedo. En la cafetería me agacho a recoger un bastón cuya empuñadura se ha desprendido al caerse. Intento recomponerlo antes de devolvérselo a su dueño, pero no consigo mucho más que un apaño provisional. Necesita cola, le digo. Lo sé, responde, pero aquí es imposible encontrar cola. Trago saliva, aprieto los dientes. Tengo un bote en mi casa, le cuento. Vengo todos los días. Lo traeré y la próxima vez que lo vea intentaré arreglarle el bastón. Quiere pagarme el café, pero me niego con un gesto. Soy incapaz de aguantar más tiempo ahí, mirándolo. Además, mi madre me espera fuera. Con suerte, el domingo llegaremos al ecuador de la estancia. Vuelvo a tragar saliva. Ahora me cuesta un poco más. Vuelvo a apretar los dientes. Un bote de cola, joder. Un puñetero bote de cola y nadie que pueda llevárselo.

 

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2025 

 

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