Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Bendita rutina

Si la mejor improvisación resulta de una preparación concienzuda, tal vez la mejor aventura sea la que se cuela por los agujeros de la rutina.  La vida es un puñetero caos ―o bendito, depende―al que nos empeñamos en dar sentido. Aún más quienes nos dedicamos a jugar a imaginemos. Quizá la rutina sea una forma engañosa de convencernos sobre el control de lo que nos pasa, pero qué más da. Son muy pocas las cosas que podemos controlar, casi nada lo que depende de nosotros. Los estoicos se han puesto de moda, pero sería bueno leerlos de verdad, y tal vez entenderlos y aprender, en lugar de usar memes resultones de las redes sociales como mantras. Estamos en la era del Superpop 2.0.

La rutina, decía, que no quiero desviarme. No es mal asunto llevar cierto orden, aunque luego los problemas te empujen a un rincón del cuadrilátero. Empiezo a recuperar mi rutina, o lo que viene a ser lo mismo: recuperar mi vida. O lo procuro. Pero, como en las buenas historias, se presentan complicaciones. También, como en las buenas historias, las complicaciones enriquecen la trama, son más entretenidas así. En realidad, lo que acabo de decir es otra forma de dar sentido al caos. Otra forma inútil, quizá. Pocas cosas más molestas que la fiebre en verano, tiritar, sentir frío en los huesos a cuarenta grados y mal dormir. Un resfriado veraniego te recuerda que eres mortal. Qué tontería, como si no lo supieras. Pero te levantas y le dices a ese dragón que te mira de mala manera: “Hoy no, hoy no, hoy no…”. Y te obligas a seguir la rutina de siempre, a intentar poner algo de orden después de este mes y medio tempestuoso. Y lo que queda.

El mismo bar, muy temprano. Una cazadora ligera a pesar de que es verano. El cuaderno abierto.

Y escribes.

Pues eso.

 

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2025

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