Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

El vello de punta


Me pasa a menudo. Es una respuesta natural, incontrolable. Deliciosa. La ciencia explica que sucede por una emoción intensa. Alguien que me conoce muy bien me ha confesado muchas veces su envidia porque me pase con tanta frecuencia. No siempre soy consciente de que lo que me pasa a mí no tiene por qué pasar a los demás, o pasarles de la misma forma. Escucho una canción, leo un poema, veo la escena de una película y se me pone la carne de gallina. Como es tan evidente en verano, el otro día me lo volvieron a decir, que cuánta envidia, cuando el vello de mi antebrazo apuntaba al cielo. Todavía me pasa más si canto una canción, cuento la escena de una película que significa mucho para mí, o el pasaje de un libro, o si soy yo quien recita el poema. Me gusta recitar, en voz baja, sin estridencias, sólo unos pocos versos, al oído de quien lo merece o mirando sus ojos. Hasta aquí puedo leer. La emoción del otro día era por varias canciones: Que nadie vaya a llorar, de Manuel Molina (cuando me muera ponedla en mi funeral, por favor), dos o tres de Sabina, cómo no; una de Yves Montad que en cierta ocasión silbaba en la barra de un bar mientras esperaba el cambio y la camarera se volvió y me rogó que le dijera el título. Pero sobre todo la carne se me puso de gallina, para variar, por una canción que interpreta Jeff Daniels en el último episodio de una vieja serie que me gustó mucho. Habré visto ese momento mágico cientos de veces desde la primera, hará por lo menos diez años. Siempre me emociona. Se convirtió en una de mis canciones favoritas: por la música, por lo que dice y sobre todo por lo que quiere decir. Me representaba tanto que hasta alguien la puso como tono en su móvil para mis llamadas. Se la muestro en Youtube, me pide que le envíe el enlace y se la traduzco mientras suena en el móvil, me la sé de memoria. Una vez se la mandé a alguien y le expliqué algunas cosas. Me fascina tu sensibilidad, me dijo, pero nunca llegó a saber que se me ponía el vello de punta, no lo merecía. Volví a emocionarme el otro día. Como sé que me va a pasar ahora mismo, cuando vea el vídeo. Qué suerte tienes por esa carne de gallina, me dirían ahora, otra vez, si me vieran.
Puede ser.
Yo qué sé.

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2025

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