Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

La princesa india

Dice que le gusta escribir. Yo, como acostumbro con los desconocidos, no le he dicho la verdad. Es curioso que tan cerca de las oficinas de un grupo editorial donde he publicado varias novelas y la sede de un diario muy conocido le llame la atención un tipo que saca el cuaderno de la mochila deshilachada y se ponga a escribir mientras le sirven el primer café de la mañana. O tal vez las cercanías mencionadas la empujan a pensarlo. Dos y dos a veces suman cuatro. No, ya me gustaría, he respondido, cuando me ha preguntado si soy escritor. Sólo tomo algunas notas sobre las tareas pendientes, para que no se me olviden. Además, añado, porque sigue mirándonos, al cuaderno abierto sobre la mesa y a mí, escribir ayuda a ordenar ideas. 

Asiente. Es colombiana, muy joven, guapísima, parece una modelo menuda. La piel de bronce y el pelo con reflejos azulados de tan negro. Se mueve con seguridad, derrocha desparpajo. Una princesa india se me antoja. Un motivo tan lícito como cualquier otro para cruzar el océano cinco siglos atrás. Un motivo incluso mejor que el brillo del oro. Hace unos años les dijo a sus padres que algún día se marcharía a España. Escribió una fecha del futuro en un papel que pegó en la puerta de su habitación. Lo miró cada día, durante años, hasta que subió a un avión el mismo día que se había prometido hacerlo. 

Por eso sé que su nombre es Ariadna. ¿Cómo podría no preguntárselo después de contarme algo tan importante que marca su vida y la define a ella? 

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2025

Comentarios

LA CASA ENCENDIDA ha dicho que…
Cuántas historias semejantes nos rodean hoy. Si no fuera por ellas y ellos, lo mismo que nosotros fuimos a Alemania o Suiza...
Cuanto por contar al respecto!!
Besicos muchos.

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