Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La princesa india

Dice que le gusta escribir. Yo, como acostumbro con los desconocidos, no le he dicho la verdad. Es curioso que tan cerca de las oficinas de un grupo editorial donde he publicado varias novelas y la sede de un diario muy conocido le llame la atención un tipo que saca el cuaderno de la mochila deshilachada y se ponga a escribir mientras le sirven el primer café de la mañana. O tal vez las cercanías mencionadas la empujan a pensarlo. Dos y dos a veces suman cuatro. No, ya me gustaría, he respondido, cuando me ha preguntado si soy escritor. Sólo tomo algunas notas sobre las tareas pendientes, para que no se me olviden. Además, añado, porque sigue mirándonos, al cuaderno abierto sobre la mesa y a mí, escribir ayuda a ordenar ideas. 

Asiente. Es colombiana, muy joven, guapísima, parece una modelo menuda. La piel de bronce y el pelo con reflejos azulados de tan negro. Se mueve con seguridad, derrocha desparpajo. Una princesa india se me antoja. Un motivo tan lícito como cualquier otro para cruzar el océano cinco siglos atrás. Un motivo incluso mejor que el brillo del oro. Hace unos años les dijo a sus padres que algún día se marcharía a España. Escribió una fecha del futuro en un papel que pegó en la puerta de su habitación. Lo miró cada día, durante años, hasta que subió a un avión el mismo día que se había prometido hacerlo. 

Por eso sé que su nombre es Ariadna. ¿Cómo podría no preguntárselo después de contarme algo tan importante que marca su vida y la define a ella? 

 

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2025

Comentarios

LA CASA ENCENDIDA ha dicho que…
Cuántas historias semejantes nos rodean hoy. Si no fuera por ellas y ellos, lo mismo que nosotros fuimos a Alemania o Suiza...
Cuanto por contar al respecto!!
Besicos muchos.

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