Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

No pasa nada

He cambiado de planes, les digo. Llueve demasiado. Al final me quedo. Pero les he mentido. Ciertas mentiras son admisibles. Necesarias, quizá, si ahorran preocupaciones. Tenía previsto largarme hoy. El hotel controlado. Y todo lo demás. Pero el médico me aconsejó ayer que no. Diciembre resultó movido y ahora toca pagar la factura. No lo prohibió. Aconsejó, digo. No todavía. Porque si vuelve el dolor y te sorprende la fiebre tienes que ir a urgencias, añadió, encogiendo los hombros. No te pasa nada, pero mejor hacemos una prueba y te vienes otra vez a verme. Vale. Al cabo, sólo se trata de retrasar los planes un par de semanas. Y a mí no me gusta mucho hacer planes, prefiero dejarme llevar. Tampoco se está mal aquí. Para ser feliz es bueno seguir apreciando lo que tienes. Gran verdad. Lo decía Tolstoi: “Soy feliz porque porque estoy contento con lo que tengo y no deseo excesivamente lo que no tengo”. La estufa que me instaló mi querido Miguel, a tope antes del alba. Qué bueno es Miguel. También porque es capaz de levantar un rascacielos armado sólo con un destornillador. Una estufa para mis padres y otra para mí justo antes de que empezasen las navidades. El primer café del día, ese que sabe tan rico. En la mesa un libro de poemas y otro de filosofía. Siempre forrados. Me gusta el tacto acolchado y no me gusta que nadie sepa lo que leo. Un lápiz para subrayar. La tele grande, pero jamás la enciendo por las mañanas. El teléfono en silencio. Sólo suena si llaman tres números, no diré cuáles, a cualquier hora, donde quiera que esté, a pesar de cualquier asunto, confesable o inconfesable, del que me esté ocupando. Para el resto del mundo sólo vibra. Algunos números borrados. Borrar a alguien de tu agenda es peor que borrarlo de tu vida. De la agenda se borra a los muertos. Lo leí el otro día en un poema que me dejó tumbado. Un poema que lo contaba mejor, por supuesto. También lo contaba más bonito. Ni una sola notificación en el móvil. Siempre las tengo silenciadas. Tampoco redes sociales, sólo en el ordenador. Me gusta salir a la calle ligero de equipaje. Eso haré en un rato. Vaqueros limpios, camisa azul marino (tengo varias, son mis favoritas, los más cercanos ―las más cercanas, sobre todo― lo saben), las viejas botas adornadas de cicatrices; la cazadora, también vieja, de comandante de submarino alemán, y a cuidar de los míos y a resolver problemas. De eso se trata. Y de no crearlos, sobre todo. Más tarde un bar donde me ponen el café como me gusta, otro más, y la tostada deliciosa. Me sonríen al darme los buenos días mientras monto mi oficina en una de sus mesas. Mañana igual. Y con este frío, qué bien. No hace falta mucho más. Ya me largaré unos días, cuando pueda.

No pasa nada.

 

Enero de 2026

 

 

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