Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Horario de verano

No me entero hasta esta mañana, en pie desde muy temprano, como casi siempre, y al mirar el móvil me siento incómodo: aún no se ha levantado del todo el sol, pero con esa luz incierta suelo llevar despachados un café y unas cuantas páginas de lectura provechosa. Unos días fuera, tantas cosas en las que pensar, y sobre todo tantas cosas en las que no pensar, y me he olvidado por completo del cambio de hora. Lo he contado muchas veces, pero lo repetiré, por si sirve de algo. O, mejor, a sabiendas de que no servirá de nada: pertenezco a esa cofradía de raros que prefieren el horario de invierno (es más natural: quien quiera saber, que se informe, es fácil), me agobian esas tardes tan largas en las que la oscuridad se hace la remolona, duermo mejor, y aunque la primavera sea muy bonita y muy colorida también es la antesala del verano y el verano a veces es sinónimo del infierno, porque es muy largo y hace mucho calor y a las diez todavía no es noche cerrada. El verano sería estupendo, o quizá más soportable, si mantuviéramos el horario de invierno. Nunca cambio la hora en el reloj con que duermo: una forma, puede que tonta pero útil, de mantener la ilusión.

Sí, ya sé lo que estáis pensando: raro, aguafiestas, amargado. Espiritrompa, si queréis (ah, lo siento si no sabéis por qué lo digo, no os lo voy a contar: haber leído…). Pensad lo que queráis. No me voy a poner a rebatir vuestros argumentos. Porque, pese a todo, el verano tiene muchos momentos deliciosos, lo reconozco. Y resulta divertido, y estimulante, imaginarlos, desearlos. Dibujarlos.

            Pues eso.

 

Marzo de 2026

 

 

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