Lo que abrigan mis colores

Imagen
A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Hogar dulce hogar


Son viejas paradojas: la tendencia a la soledad y el gusto de compartir un rato con buenos amigos; el poderoso imán de los libros y las películas en mi sillón favorito y las ganas irresistibles de una escapada. Con los años he comprendido que los extremos se retroalimentan, una divertida contradicción irresoluble. Digo divertida porque también he aprendido a tomarme con humor todo lo que puedo, y es mucho, vaya. Cuanto estoy en casa pienso en el próximo viaje y en cuanto me largo suelo pienso en el regreso, a mis cosas y a los míos. Me da un poco de vergüenza reconocerlo, pero quienes me conocen bien saben que suelo buscar una excusa para escaquearme (y a veces ni siquiera la busco) de los saraos a los que me invitan. He perdido o me he distanciado de amigos por eso y también he tirado por la borda más de una oportunidad de conocer a gente del oficio que me pueda echar una mano. Pero como los babosos me espantan y las palmadas en la espalda me provocan sarpullido, en justa coherencia no sé hacer la pelota ni pasar la mano por encima a nadie. Si me invitan a un sarao y me apetece, voy; y si me apetece ir y no me invitan jamás protesto. Yo me entiendo. Y algunos de los que me estáis leyendo y me conocéis también me entendéis, seguro. El precio es que me tachen de raro, incluso de prepotente. Qué le voy a hacer: siempre he sido un cazador solitario. O solitario a secas. En fin: cada uno es como es y baja las escaleras como quiere. La frase anterior no es mía, ya quisiera yo: es de Serrat. 

A lo que iba: se me antoja que las ganas de volver a mi rincón son cada vez más intensas que las de largarme. Quizá porque hago falta cerca de los míos, cada vez más. Tampoco pasa nada: me encanta sentirme útil. Pero también porque la certeza de necesitar poco y tener más de lo que necesito es cada vez mayor; de que cada vez me cuesta más encontrar motivos para no estar a mi aire, la ventana abierta por donde a menudo se cuela una brisa deliciosa que huele a mar o me lo parece; con un pantalón holgado, descalzo, una torre de libros por leer y muchas páginas por escribir.

PD: el rollo que os he soltado para enseñaros mis pies y mi nuevo pantalón de yoga... No, en serio: pocas cosas me gustan más que hacer reír. No necesariamente, y no siempre, a una mujer guapa.

 

Mayo de 2026

Comentarios

Entradas populares de este blog

Una hermosa y apasionada historia de amor

Monze, yo también zoy andalú

Presentación en Sevilla