Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

The Madison


 

The Madison es, como dirían los snobs, un placer culpable. Me explico: tiene un punto lacrimógeno lo bastante contenido para que funcione sin sonrojarte. Incluso para que te emocione. Aparte de la firma de Taylor Sheridan tras el tinglado (ComancheríaWind river18831923Yellowstone: apabulla, ¿verdad?), están Kurt Russell, al que por enfrentarse a un asesino alienígena milenario en La Cosale perdono cualquier resbalón, y abundan en su carrera; y Michelle Pfeiffer, que me dejó boquiabierto la primera vez que la vi en la pantalla de un cine de verano junto al gran Jeff Goldblum en Cuando llega la noche (qué delicia, y John Landis tras la cámara); lo mismo cuando vestida de mojigata dama francesa dieciochesca se murió de amor por John Malkovich (la vida no es justa, pero hay esperanza: algunos calvos tienen suerte); o cuando hizo de rusa en aquella espléndida adaptación de una novela de John le Carré (no soy capaz de ver el momento en que Sean Connery, otro calvo afortunado, le dice la que quiere mientras ella recoge los platos en su diminuta cocina de San Petersburgo sin que me tiemblen las piernas). Cuasi septuagenaria, con la ITV evidente del cirujano plástico, pero tan hermosa todavía. No sé si siempre me gustó porque me pierden las rubias delicadas o si las rubias delicadas (con pinta de no haber roto nunca un plato, bromeaba mi hermana cuando éramos adolescentes) me pirran porque me enamoré de Michelle Pfeiffer. Pero los años me afilaron el paladar, menos mal, y ahora mi mujer favorita de la serie es, por el personaje que interpreta y por otras cuestiones muy evidentes, su hija mayor, la no menos hermosa, con permiso de su madre en la ficción, Beau Garret. 

Lo dicho: un placer (quitémosle el adjetivo culpable) The Madison

Pasaréis un buen rato.

 

 

 

Mayo de 2026

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