Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

The Madison


 

The Madison es, como dirían los snobs, un placer culpable. Me explico: tiene un punto lacrimógeno lo bastante contenido para que funcione sin sonrojarte. Incluso para que te emocione. Aparte de la firma de Taylor Sheridan tras el tinglado (Comanchería, Wind river, 1883, 1923, Yellowstone: apabulla, ¿verdad?), están Kurt Russell, al que por enfrentarse a un asesino alienígena milenario en La Cosale perdono cualquier resbalón, y abundan en su carrera; y Michelle Pfeiffer, que me dejó boquiabierto la primera vez que la vi en la pantalla de un cine de verano junto al gran Jeff Goldblum en Cuando llega la noche (qué delicia, y John Landis tras la cámara); lo mismo cuando vestida de mojigata dama francesa dieciochesca se murió de amor por John Malkovich (la vida no es justa, pero hay esperanza: algunos calvos tienen suerte); o cuando hizo de rusa en aquella espléndida adaptación de una novela de John le Carré (no soy capaz de ver el momento en que Sean Connery, otro calvo afortunado, le dice la que quiere mientras ella recoge los platos en su diminuta cocina de San Petersburgo sin que me tiemblen las piernas). Cuasi septuagenaria, con la ITV evidente del cirujano plástico, pero tan hermosa todavía. No sé si siempre me gustó porque me pierden las rubias delicadas o si las rubias delicadas (con pinta de no haber roto nunca un plato, bromeaba mi hermana cuando éramos adolescentes) me pirran porque me enamoré de Michelle Pfeiffer. Pero los años me afilaron el paladar, menos mal, y ahora mi mujer favorita de la serie es, por el personaje que interpreta y por otras cuestiones muy evidentes, su hija mayor, la no menos hermosa, con permiso de su madre en la ficción, Beau Garret. 

Lo dicho: un placer (quitémosle el adjetivo culpable) The Madison. 

Pasaréis un buen rato.

 

 

 

Mayo de 2026

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