Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Cápsula del tiempo

Es un sobre viejo que contiene otros sobres todavía más viejos. Sabía que existía, pero no recordaba dónde lo guardaba. Aparece por casualidad. Como cuando al dejar de buscar algo lo encuentras delante de tus narices. Me pasa a veces, me siento uno de esos pescadores que devuelven la presa al mar tras atraparla y lo dejo donde estaba. Fue ayer, al mover un montón de cajas para adecentar un rincón donde quiero dibujar y leer. Cuando uno pasa mucho tiempo en el mismo lugar resulta sano separar los espacios si es posible: donde escribe, donde corrige, donde lee, donde dibuja. Una forma tan tonta como cualquier otra de espantar la monotonía. Pero estoy haciendo trampas: nunca me asalta el tedio cuando escribo, ni cuando corrijo, ni cuando leo, ni cuando dibujo. En cuanto empiece a parecerse a un trabajo, déjalo. Lo recomendaba Ray Bradbury, y ya sabéis: los consejos de los maestros, sobre todo los de este, los sigo a rajatabla. Cada uno profesa la religión que le apetece, ¿no?

No suele aguijonearme la nostalgia, soy más de sonrisa inquebrantable con los buenos recuerdos. Quizá por eso, y también por curiosidad, abro algunas cartas. La más antigua tiene cuarenta años. Sorprende lo bien que aguantan el papel y la tinta. Gente que apenas recordaba y dedicó un rato a decirme algo. Amigos a los que quise mucho y ya no los veo. La prueba de unas cuantas mujeres que me quisieron cuando era muy jovencito y yo también a ellas. A algunas las sigo queriendo. Mucho. Me llaman la atención un par de cartas de un chaval de dieciséis años al que conocí muy bien y cada vez respeto y admiro más. Escribía a su familia desde muy lejos, les contaba lo que veía, lo que sentía, dejaba caer alguna broma, orillaba la autoparodia, buscaba de forma muy sutil la complicidad de los suyos. No se le daba mal juntar letras al cabroncete. Igual ya sabía la importancia de sentarse a escribir para entender el mundo, para entenderse a sí mismo. 

Todavía lo sigue haciendo. 

 

Junio de 2026

 

 

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