Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Cápsula del tiempo

Es un sobre viejo que contiene otros sobres todavía más viejos. Sabía que existía, pero no recordaba dónde lo guardaba. Aparece por casualidad. Como cuando al dejar de buscar algo lo encuentras delante de tus narices. Me pasa a veces, me siento uno de esos pescadores que devuelven la presa al mar tras atraparla y lo dejo donde estaba. Fue ayer, al mover un montón de cajas para adecentar un rincón donde quiero dibujar y leer. Cuando uno pasa mucho tiempo en el mismo lugar resulta sano separar los espacios si es posible: donde escribe, donde corrige, donde lee, donde dibuja. Una forma tan tonta como cualquier otra de espantar la monotonía. Pero estoy haciendo trampas: nunca me asalta el tedio cuando escribo, ni cuando corrijo, ni cuando leo, ni cuando dibujo. En cuanto empiece a parecerse a un trabajo, déjalo. Lo recomendaba Ray Bradbury, y ya sabéis: los consejos de los maestros, sobre todo los de este, los sigo a rajatabla. Cada uno profesa la religión que le apetece, ¿no?

No suele aguijonearme la nostalgia, soy más de sonrisa inquebrantable con los buenos recuerdos. Quizá por eso, y también por curiosidad, abro algunas cartas. La más antigua tiene cuarenta años. Sorprende lo bien que aguantan el papel y la tinta. Gente que apenas recordaba y dedicó un rato a decirme algo. Amigos a los que quise mucho y ya no los veo. La prueba de unas cuantas mujeres que me quisieron cuando era muy jovencito y yo también a ellas. A algunas las sigo queriendo. Mucho. Me llaman la atención un par de cartas de un chaval de dieciséis años al que conocí muy bien y cada vez respeto y admiro más. Escribía a su familia desde muy lejos, les contaba lo que veía, lo que sentía, dejaba caer alguna broma, orillaba la autoparodia, buscaba de forma muy sutil la complicidad de los suyos. No se le daba mal juntar letras al cabroncete. Igual ya sabía la importancia de sentarse a escribir para entender el mundo, para entenderse a sí mismo. 

Todavía lo sigue haciendo. 

 

Junio de 2026

 

 

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