Oye, chaval

Imagen
A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

El juego

 

No lo puedo coger ahora, me dice, cuando le acerco el teléfono porque la llama su hermana. Ya es hora de irse a la cama, pero se hace la remolona porque tiene algo que hacer, parece. Deja el teléfono sobre el regazo y anuncia que se va a fumar un cigarro. Anuncia, digo. No pregunta, no pide permiso, no ruega. Dice lo que va a hacer, nos guste o no. Pero no hay tabaco. Ni mechero. Tememos que en su estado un cigarrillo resulte tan saludable como una inyección en el corredor de la muerte. Nos quedamos mirándola, los tres. Uno suspira y mira el fútbol en la tele, resignado. La otra duda. Por eso me levanto, porque me toca. Porque creo que de los tres soy quien mejor puede hacerlo. Hay tres formas de afrontar esos momentos en los que la mente comienza a perderse por lugares imaginarios propios de la infancia: enfadarse, ignorarlos o participar del juego. De algo debe servir llevar toda la vida jugando a imaginemos. Venga, le digo, vamos a fumar. ¿Tienes tabaco? Ella se encoge de hombros. Desde pequeña aprendió a buscarse la vida. No, responde. Pero lo buscamos. Pues vamos, sonrío. Empujo la silla. Saludamos a algún fantasma por el pasillo mientras la ayudo a buscar un estanco imposible, tal vez un tesoro escondido. Quiere entrar en un cuarto oscuro pero le advierto que está prohibido, sin mucha esperanza porque a ella nunca la han intimidado las reglas. Frente al ascensor se detiene, asegura que el premio está al otro lado de esa puerta. Hacemos un alto en el camino porque quiere contarme un secreto: el médico no sabe la gravedad de lo que tiene. Pero ella sí. Entonces, le explico, si fumas te puedes morir. Los hombros vapuleados vuelven a elevarse. Pues me muero. ¿Y no te da pena de nosotros?, le pregunto. A veces no queda sino el chantaje. Tú eres el único que me da pena, me suelta, con tanta sinceridad que por un instante no puedo soportar el frío. Pero no te vas a morir por eso. Continuamos la búsqueda hasta que llegamos a su habitación. Chasquea la lengua. No sé si contrariada o con guasa. Pues no había tabaco, concluye. Me mira, con esa media sonrisa de quien, pese a todo, sabe mucho más de lo que aparenta. Satisfecha, como un mago a un espectador boquiabierto después de un truco delicioso.



Junio de 2026

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

Nadar hasta que pueda

Regalo ejemplares de El factor Einstein