La separata

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He estado haciendo algunos cambios en el blog. Nada grave, sobre todo porque mis habilidades tecnológicas son las de un chimpancé con acceso al panel de administración, con la única diferencia que el mono sería un poco más prudente antes de pulsar una tecla al azar.  La separata  nació hace la friolera de dieciocho años. El nombre, lo he contado muchas veces, es mérito de mi apreciado Cristóbal Cervantes, que bautizó así la sección de opinión con la que castigaba cada semana a los oyentes en la desaparecida Punto Radio. No tenía ni idea de cómo crear un blog (lo que decía antes sobre el chimpancé es cierto), pero como compenso las carencias con mucha voluntad conseguí armarlo y, además de los artículos que escribía cada semana, también fui recogiendo otros más antiguos, de cuando hacía lo mismo en Onda Cero, en El Correo de Andalucía o en algunas webs que confiaron en un desconocido escritor una década antes. El más antiguo de estos textos es de 1999. El más reciente, de hace ...

El señor de las moscas

 

Decidí no verla, pero Stephen King la recomendó con entusiasmo y quién soy yo, un pobre juntaletras, para rebatir los argumentos del maestro. Stephen King, además, ha retratado como nadie, con permiso de William Golding, el paso de la niñez a la adolescencia. Sabe de lo que habla, sólo faltaría. El señor de las moscases uno de esos libros que sembraron algo muy potente en el adolescente que fui. El recuerdo es tan fuerte, tan querido, que prefiero no ver la adaptación a la pantalla. Con Fundación, de Asimov, no temo sucumbir a la tentación de ver la serie. El tesoro que conservo en la memoria es demasiado valioso. Espero que al autor de El resplandorno le dé por recomendarla: a estas alturas de la vida prefiero esquivar los dilemas.

Y ahí los tengo, por fin, en la pantalla de la tele: al lúcido Piggy,  con sus michelines y sus gafas rotas; a Ralph, el líder guapo superado por las circunstancias; a Jack, el siniestro fascista preadolescente; a Simon, que no podía ser feliz, como afirmaba la profesora que me obligó a leer la novela en inglés en el instituto. La gente que piensa, me decía, no puede ser feliz. Llevo media vida preguntándome si tenía razón. La mayoría de las veces reconozco que estaba en lo cierto. 

Temo que El señor de las moscasresulte una serie un tanto extraña y oscura. No puedo ser de otra forma. Edulcorarla sería una puñalada trapera. Asomarme a la crueldad de los niños me sigue sobrecogiendo de la misma forma que hace tantos años. Críos británicos de buenos colegios que se comportan como salvajes en una isla tras un accidente de avión en el que no ha sobrevivido ningún adulto. Conviene recordar que muchas veces la buena literatura es la que te incomoda, la que te obliga a mirar donde no quieres.

Ha merecido la pena saltarme la norma y ver la serie. Tener presente, de nuevo, que la niñez no siempre es ese territorio entrañable que preferimos recordar.

Casi nunca lo es, en realidad, en cuanto escarbamos un poco.

 

 

Junio de 2026

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