Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El señor de las moscas

 

Decidí no verla, pero Stephen King la recomendó con entusiasmo y quién soy yo, un pobre juntaletras, para rebatir los argumentos del maestro. Stephen King, además, ha retratado como nadie, con permiso de William Golding, el paso de la niñez a la adolescencia. Sabe de lo que habla, sólo faltaría. El señor de las moscases uno de esos libros que sembraron algo muy potente en el adolescente que fui. El recuerdo es tan fuerte, tan querido, que prefiero no ver la adaptación a la pantalla. Con Fundación, de Asimov, no temo sucumbir a la tentación de ver la serie. El tesoro que conservo en la memoria es demasiado valioso. Espero que al autor de El resplandorno le dé por recomendarla: a estas alturas de la vida prefiero esquivar los dilemas.

Y ahí los tengo, por fin, en la pantalla de la tele: al lúcido Piggy,  con sus michelines y sus gafas rotas; a Ralph, el líder guapo superado por las circunstancias; a Jack, el siniestro fascista preadolescente; a Simon, que no podía ser feliz, como afirmaba la profesora que me obligó a leer la novela en inglés en el instituto. La gente que piensa, me decía, no puede ser feliz. Llevo media vida preguntándome si tenía razón. La mayoría de las veces reconozco que estaba en lo cierto. 

Temo que El señor de las moscasresulte una serie un tanto extraña y oscura. No puedo ser de otra forma. Edulcorarla sería una puñalada trapera. Asomarme a la crueldad de los niños me sigue sobrecogiendo de la misma forma que hace tantos años. Críos británicos de buenos colegios que se comportan como salvajes en una isla tras un accidente de avión en el que no ha sobrevivido ningún adulto. Conviene recordar que muchas veces la buena literatura es la que te incomoda, la que te obliga a mirar donde no quieres.

Ha merecido la pena saltarme la norma y ver la serie. Tener presente, de nuevo, que la niñez no siempre es ese territorio entrañable que preferimos recordar.

Casi nunca lo es, en realidad, en cuanto escarbamos un poco.

 

 

Junio de 2026

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