Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

El señor de las moscas

 

Decidí no verla, pero Stephen King la recomendó con entusiasmo y quién soy yo, un pobre juntaletras, para rebatir los argumentos del maestro. Stephen King, además, ha retratado como nadie, con permiso de William Golding, el paso de la niñez a la adolescencia. Sabe de lo que habla, sólo faltaría. El señor de las moscases uno de esos libros que sembraron algo muy potente en el adolescente que fui. El recuerdo es tan fuerte, tan querido, que prefiero no ver la adaptación a la pantalla. Con Fundación, de Asimov, no temo sucumbir a la tentación de ver la serie. El tesoro que conservo en la memoria es demasiado valioso. Espero que al autor de El resplandorno le dé por recomendarla: a estas alturas de la vida prefiero esquivar los dilemas.

Y ahí los tengo, por fin, en la pantalla de la tele: al lúcido Piggy,  con sus michelines y sus gafas rotas; a Ralph, el líder guapo superado por las circunstancias; a Jack, el siniestro fascista preadolescente; a Simon, que no podía ser feliz, como afirmaba la profesora que me obligó a leer la novela en inglés en el instituto. La gente que piensa, me decía, no puede ser feliz. Llevo media vida preguntándome si tenía razón. La mayoría de las veces reconozco que estaba en lo cierto. 

Temo que El señor de las moscasresulte una serie un tanto extraña y oscura. No puedo ser de otra forma. Edulcorarla sería una puñalada trapera. Asomarme a la crueldad de los niños me sigue sobrecogiendo de la misma forma que hace tantos años. Críos británicos de buenos colegios que se comportan como salvajes en una isla tras un accidente de avión en el que no ha sobrevivido ningún adulto. Conviene recordar que muchas veces la buena literatura es la que te incomoda, la que te obliga a mirar donde no quieres.

Ha merecido la pena saltarme la norma y ver la serie. Tener presente, de nuevo, que la niñez no siempre es ese territorio entrañable que preferimos recordar.

Casi nunca lo es, en realidad, en cuanto escarbamos un poco.

 

 

Junio de 2026

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