Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

La chica que amaba a Gregory Peck

Pues que nos echen, me dice, encogiendo los hombros, con indiferencia no impostada. Miro a un lado y me río, procurando que no me vea, qué ingenuo, como si pudiera engañarla. Nos ha insistido en la caja roja y se la hemos traído al hospital. El neceser donde guarda las pastillas, el rosario, el móvil, la libreta y un bolígrafo. Pero también, en algún pliegue secreto, un cigarrillo que ha sacado y a punto ha estado de engañarnos. Me pregunto cuánto tardaría en conseguir una lima para cortar los barrotes y escapar de la cárcel si se terciara. Me insulta con cariño cuando le pido que abra la mano, cerrada como la de una niña  traviesa. Sólo ella es capaz de reñirte con la guasa suficiente para que no dejes de tener presente cuánto te quiere. Las piernas ya no le responden, a veces la cabeza tampoco, pero hasta el último día, a pesar de sus buenos modales, su amabilidad y su dulzura, habitará en ella ese carácter indomable, la voluntad inquebrantable de luchar por lo que quiere y pelear hasta donde haga falta por lo que considera justo; de plantarse en un palmo de terreno, como los buenos toreros, con la convicción suicida de que en determinados momentos sólo caben puerta grande o enfermería. A menudo me pregunto dónde habría llegado de nacer en otra época, si hubiera estudiado. Pero me ha dejado muchas cosas en herencia, y lo sabe. Cada día concluyo, con más asombro, cuánto de ella habita en mí. No estaría poniendo negro sobre blanco esta reflexión si no.

La noche anterior, para hacerla reír o para hacerla feliz, porque a veces es lo mismo, anticipando que vendrían días complicados, capturé ese retrato donde luce tan hermosa y lo arreglé para que saliera junto al galán del que estaba enamorada de joven. No el Gregory Peck de Moby Dick ni Los niños del Brasil. El de Duelo al solVacaciones en Roma Matar a un ruiseñor. Se la muestro, la mira emocionada, me pide que se la dé porque piensa que de una forma mágica las fotos pueden transportarse desde la pantalla del móvil a un papel. Le sigo la corriente un poco y bromeo. Si se la enseño a papá se puede mosquear, le digo. Pues enséñasela, replica, con esa sonrisa de a quien ya todo le da igual y nada podrá sujetarla, sin dejar de mirar a Gregory Peck.

 

Junio de 2026

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