La chica que amaba a Gregory Peck
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Pues que nos echen, me dice, encogiendo los hombros, con indiferencia no impostada. Miro a un lado y me río, procurando que no me vea, qué ingenuo, como si pudiera engañarla. Nos ha insistido en la caja roja y se la hemos traído al hospital. El neceser donde guarda las pastillas, el rosario, el móvil, la libreta y un bolígrafo. Pero también, en algún pliegue secreto, un cigarrillo que ha sacado y a punto ha estado de engañarnos. Me pregunto cuánto tardaría en conseguir una lima para cortar los barrotes y escapar de la cárcel si se terciara. Me insulta con cariño cuando le pido que abra la mano, cerrada como la de una niña traviesa. Sólo ella es capaz de reñirte con la guasa suficiente para que no dejes de tener presente cuánto te quiere. Las piernas ya no le responden, a veces la cabeza tampoco, pero hasta el último día, a pesar de sus buenos modales, su amabilidad y su dulzura, habitará en ella ese carácter indomable, la voluntad inquebrantable de luchar por lo que quiere y pelear hasta donde haga falta por lo que considera justo; de plantarse en un palmo de terreno, como los buenos toreros, con la convicción suicida de que en determinados momentos sólo caben puerta grande o enfermería. A menudo me pregunto dónde habría llegado de nacer en otra época, si hubiera estudiado. Pero me ha dejado muchas cosas en herencia, y lo sabe. Cada día concluyo, con más asombro, cuánto de ella habita en mí. No estaría poniendo negro sobre blanco esta reflexión si no.
La noche anterior, para hacerla reír ―o para hacerla feliz, porque a veces es lo mismo―, anticipando que vendrían días complicados, capturé ese retrato donde luce tan hermosa y lo arreglé para que saliera junto al galán del que estaba enamorada de joven. No el Gregory Peck de Moby Dick ni Los niños del Brasil. El de Duelo al sol, Vacaciones en Roma o Matar a un ruiseñor. Se la muestro, la mira emocionada, me pide que se la dé porque piensa que de una forma mágica las fotos pueden transportarse desde la pantalla del móvil a un papel. Le sigo la corriente un poco y bromeo. Si se la enseño a papá se puede mosquear, le digo. Pues enséñasela, replica, con esa sonrisa de a quien ya todo le da igual y nada podrá sujetarla, sin dejar de mirar a Gregory Peck.
Junio de 2026
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