Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Masaje de pies

Hacía mucho que no la veía tan quieta. Casi dormida mientras le masajeaban los pies, esa voluntad indomable parecía haberse rendido. Se antojaba raro verla entregarse sin resistencia. Como esas fieras que acaban apoyando la cabeza sobre la mano del cuidador. Bastaban dos manos expertas y unos cuantos minutos para domesticar, siquiera un rato, a quien lleva toda una vida empeñada en no dejarse domesticar por nadie. Con un par. Un par de mi madre, digo.
Nunca le habían dado un masaje en los pies. Al menos que yo sepa. La miré, sonriendo, todo el rato que duró. Me quedé más tiempo para verlo. Mientras observaba la escena me acordé de una de esas ciudades centroeuropeas que parecen inventadas por un ilustrador de cuentos. Tantos años hace que parece otra vida. Y en realidad es otra vida. Mi novia de entonces y yo llevábamos varios días caminando como si nos hubieran puesto las pilas del conejito de Duracell, durante el frío de diciembre que tanto me gusta en esas latitudes. Al final de la tarde, casi arrastrándonos entramos en un local donde anunciaban masajes de pies. Al vernos llegar el recepcionista retiró con discreción un cartel
bien visible donde podía leerse: “No sexual massage”. Tantos años después, cada vez que alguien me va a dar un masaje (además de aquel de los pies jamás he pagado por uno salvo al fisioterapeuta: igual me estoy perdiendo algo extraordinario) me acuerdo de aquella advertencia para turistas demasiado imaginativos: “No sexual massage”. Hay frases que sobreviven más tiempo que algunas historias de amor. Por muy buenas que hayan sido. No me refiero a las frases.
Confieso que el cartel tampoco mentía demasiado. Un buen masaje en los pies puede producir un placer difícil de explicar. No necesariamente sexual, aunque podría, pero sí de esos que desconectan la cabeza del mundo durante un rato. Casi una rendición física. Una especie de orgasmo civilizado, si se me permite el disparate, sin deseo urgente, sin otro objetivo que el alivio. Después de experimentar uno entiendes por qué era necesario aclarar que aquello no iba de eso. Aunque durante unos instantes el cuerpo parezca empeñado en llevarte la contraria.
Siempre me han intrigado las personas a las que no les gusta que les toquen los pies. He conocido unas cuantas, casi todas mujeres, y confieso que me parecían criaturas ariscas cuando retiraban los pies como si intentara hacerles cosquillas con una ortiga. Creo que se perdían algo importante. Igual se lo siguen perdiendo. Quién sabe. Un masaje en los pies no consiste sólo en aliviar músculos cansados. Hay una extraña confianza en dejar que alguien sostenga tus pies entre las manos.
Quizá conquistar a una persona no exija grandes discursos, cenas memorables o viajes exóticos. Quién sabe si, como casi todo lo importante en la vida, resulta mucho más sencillo y una de las formas más discretas y hermosas de decirle a alguien «estoy contigo» consista simplemente en saber tocarle los pies. Sin prisa. Sin esperar nada a cambio. 

 Junio de 2026

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