Noche de San Juan
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Como la noche de San Juan sugiere desenfrenos varios (bienvenidos sean, sólo faltaría, pero ayer alguien en la radio recomendaba no bañarse en el mar a quien bebiese más de la cuenta) y mi mente de pervertido enseguida se pone a pensar lo que no debe, me acuerdo de una encuesta reciente del CIS sobre sexo. Ya sé que confiar en el CIS puede ser tan inteligente como usar el horóscopo para invertir tus ahorros, pero como no he pisado hogueras, estoy lejos de la playa y durante la última semana he dormido menos que un padre primerizo con trillizos, la estadística del Centro de Investigaciones Sociológicas es lo único que tengo a mano.
Doy por hecho que cuando de sexo se trata mucha gente exagera o miente descaradamente, por exceso o por defecto. Sí, por defecto también. Me encanta ese chiste en el que a alguien le preguntan si aguanta mucho tiempo follando y responde que bastante, pero sobre todo aguanta mucho tiempo sin follar. Pero bueno, me pongo serio ya: a estas alturas calculo que la mitad de los lectores estará sonriendo y la otra mitad estará pensando en bloquearme o lo ha hecho ya. Me llama la atención que el 1,3 % de los encuestados se defina asexual y que el 21,3 % considere que el sexo es “poco o nada importante en su vida”. La curiosidad malsana me llevó a enterarme un poco más y resulta que entre los jóvenes de 18 a 24 años los números ascienden al 36%. No es asunto mío, ya lo sé. Como apuntaba Escohotado, de la piel para dentro todo el mundo es soberano, pero aunque por deformación profesional y también porque por algún defecto de fabricación poseo la habilidad de colocarme en la piel de los demás por muy alejadas que sus posturas se encuentren de la mía, me cuesta entenderlo. No soy joven ya, aunque me sienta como si lo fuera, y el sexo me sigue pareciendo una de las mejores cosas de la vida. Me viene a la memoria algo que dijo Ken Follet sobre la creación de uno de los personajes principales de Los pilares de la Tierra, quizá mi favorito: el prior Philip. Era fundamental que resultase moralmente irreprochable y no convenía representarlo como alguien que reprime un deseo sexual intenso. Para Follet, criado en los 60, era difícil aceptar que alguien no tuviese el menor interés en el sexo, pero se lio la manta a la cabeza y, aunque el prior de Kingsbridge se la antojase tan raro como un marciano, acabó pariendo un personaje memorable. Tiro de memoria, disculpad si desbarro porque leí la novela hace treinta y seis años, pero la mejor forma que describe lo que cuento es cuando una prostituta le enseña su cuerpo desnudo en una calle de la Inglaterra medieval y él, como jamás había estado con una mujer, siente la misma repugnancia que ante la visión de un trozo de carne cruda.
Pero basta ya de seriedad. Hay encuestas que prefiero tomármelas a broma, por mucho que me consuele pensar que tampoco me perdí nada al quedarme dormido en mi terraza bajo el cielo de estrellas porque las noches de San Juan ya no son lo que eran.
Junio de 2026
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