Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Solsticio de verano

Un grupo de chavales, bien vestidos. Ellos con las chaquetas sobre las sillas y las corbatas flojas. Los vestidos de ellas arrugados, como procede tras una larga noche de fiesta. Están de moda las graduaciones. Presumo una madrugada larga aunque sea la noche más corta del año. Hablan de ir a la piscina. Hoy, mañana y varios días más de los que vendrán. Una pareja en la mesa de al lado. En la treintena o quizás al principio de la cuarentena. Demasiado tacón para desayunar. La etiqueta con el precio todavía en la suela del zapato. O se conocen desde hace tiempo o no hay nada entre ellos. Se me ocurren varias cosas más divertidas que desayunar para rematar la primera noche juntos. Mejor ir al bar después, pienso. Mejor aún que sea tan tarde que ya no sirvan desayunos. 

Ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador. Como soy sabinero desde muy jovencito y aún no estaba de moda serlo, me acuerdo de esa canción. Me he emborrachado muy pocas veces en mi vida, un viejo amigo decía que nunca porque no soy capaz de perder el control, pero recuerdo cierto bar de la costa gaditana, hace siglos, cuando alguna vez me encontré desayunando junto a hombres que tomaban el primer café antes de ir a trabajar y me miraban con una mezcla de recelo y desprecio. No echo de menos esa época, la nostalgia rara vez llama a mi puerta y ahora me toca otra cosa. El hospital está al otro lado de la calle. Es domingo, no he salido la noche anterior pero apenas he dormido y es hora de relevar la guardia. 

Es pronto para el deseo y muy tarde para el amor, canturreo mientras cruzo la calle.

Una semana ya. 

Veremos mañana.

 

Junio de 2026

 

 

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