Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Solsticio de verano

Un grupo de chavales, bien vestidos. Ellos con las chaquetas sobre las sillas y las corbatas flojas. Los vestidos de ellas arrugados, como procede tras una larga noche de fiesta. Están de moda las graduaciones. Presumo una madrugada larga aunque sea la noche más corta del año. Hablan de ir a la piscina. Hoy, mañana y varios días más de los que vendrán. Una pareja en la mesa de al lado. En la treintena o quizás al principio de la cuarentena. Demasiado tacón para desayunar. La etiqueta con el precio todavía en la suela del zapato. O se conocen desde hace tiempo o no hay nada entre ellos. Se me ocurren varias cosas más divertidas que desayunar para rematar la primera noche juntos. Mejor ir al bar después, pienso. Mejor aún que sea tan tarde que ya no sirvan desayunos. 

Ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador. Como soy sabinero desde muy jovencito y aún no estaba de moda serlo, me acuerdo de esa canción. Me he emborrachado muy pocas veces en mi vida, un viejo amigo decía que nunca porque no soy capaz de perder el control, pero recuerdo cierto bar de la costa gaditana, hace siglos, cuando alguna vez me encontré desayunando junto a hombres que tomaban el primer café antes de ir a trabajar y me miraban con una mezcla de recelo y desprecio. No echo de menos esa época, la nostalgia rara vez llama a mi puerta y ahora me toca otra cosa. El hospital está al otro lado de la calle. Es domingo, no he salido la noche anterior pero apenas he dormido y es hora de relevar la guardia. 

Es pronto para el deseo y muy tarde para el amor, canturreo mientras cruzo la calle.

Una semana ya. 

Veremos mañana.

 

Junio de 2026

 

 

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