Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

El contenido




Hace muchos años leí la autobiografía de Mark Twain. De todas las cosas que contaba se me quedó grabada una frase que me viene a la memoria estos días en los que ando sumergido en una suerte de frenesí creativo. Si una novela está llena de contenido, afirmaba el autor de Huckelberry Finn, se escribe sola; si no, hay que esperar a que se llene de contenido.

Llevaba tiempo intentando dar sentido a algo. No es infrecuente que ciertos momentos de la vida de un escritor acaben travestidos de literatura. Decía Vargas Llosa que escribir es hacer estriptís al revés: empiezas desnudo para ocultarte bajo la ropa. No le faltaba razón. Y, por raro que parezca, resulta un espectáculo más divertido que desnudarse, sobre todo si uno no tiene las hechuras de Brad Pitt. Más divertido para el lector, digo, que luego realizará el proceso inverso al tratar de quitar capas para averiguar lo que hay debajo. Lamento decir que muchas veces la apreciación no es correcta, pero es parte del juego.

Y me gusta.

Escribo estos días con unas ganas que creía desterradas, sin prisa pero sin pausa, asistiendo con asombro a una historia que, de alguna forma, crece sola, poco a poco, mientras me limito a teclear y a corregir. Igual que siempre, lo último que pienso es si la leerá alguien ―aunque, cómo no, me encantaría que la leyese mucha gente―, a qué genero pertenece ―siempre he dicho, y los lectores pata negra lo recordarán, que sólo creo en tres géneros: los libros buenos, los libros malos y los libros regulares―, si se publicará siquiera. A más de uno le parecerá raro, pero ni una sola de las novelas que he escrito tuvo editor hasta que la entregué terminada. Esto no significa que anime a nadie a hacer lo mismo: la libertad creativa es un regalo, pero a menudo también encierra alguna dosis de veneno. 

Pero me gusta el riesgo, claro que sí. Sobre todo porque estoy convencido de que este oficio es, o debería ser, un juego.

Pues eso.

Permitidme una apostilla: Mark Twain ―o Samuel Langhorne Clemens, si lo preferís― es uno de mis autores de cabecera. Es muy conocido por crear personajes inolvidables como Tom Sawyer o Huckelberry Finn. Pero de todos sus libros me quedo con Un yanqui en la corte del Rey Arturo: una historia sobre viajes en el tiempo que esconde una sátira feroz sobre el progreso, la superstición y el optimismo tecnológico, tan de moda a finales del siglo XIX. Una maravilla que merece una gran adaptación cinematográfica. Se rumoreaba hace muchos años que había un proyecto de Terry Gilliam que podría haber protagonizado Kevin Costner. Una lástima, porque me temo que nos perdimos algo muy interesante.



Julio de 2026



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