El pistolero

Juan Antonio deja escapar un suspiro, un resoplido, en realidad, resultado más de la costumbre que del enfado. Joder, Andrés, pero si tú eres un pistolero, me dice. La frase tiene esa mezcla de guasa y resignación que sólo emplean quienes te conocen bien. Me echo a reír y le doy la razón. Total, llevamos toda la tarde trasegando buen vino con nuestro querido Rafa, que ya se ha marchado pero también sostendría que, cuando el objetivo merece de verdad la pena, o cuando me la merece, paso demasiado tiempo estudiando el terreno, calculando la distancia, esperando un viento que nunca cambia. Tantas vueltas doy antes de apretar el gatillo que, para cuando me decido, si es que me decido, el duelo ya ha terminado o el premio ha cambiado de dueño.En cambio, cuando no me importa demasiado desenfundo con una facilidad sorprendente. Y, para colmo, casi siempre acierto.

No deja de ser una ironía, tal vez una ironía cruel, que la puntería no suela fallar cuando la diana me da más o menos igual. En cambio, basta con que el disparo importe de verdad para que aparezca esa absurda necesidad de asegurar el tiro. Como si sólo tuviera una bala, el premio fuese un unicornio o la vida un examen en el que solo suspenden las preguntas decisivas. Juan añade otra observación que siempre me hace gracia: alguna vez, al verme caminar de noche por Triana, le he recordado a Robert Mitchum. No porque tenga su planta ojalá—, sino por la manera de andar. Parece que separo ligeramente las manos de las caderas, como si llevara dos viejas cartucheras invisibles, y avanzo despacio, con la calma desconfiada de quien mira una esquina, una marquesina o una calle transversal por si de pronto aparece alguien dispuesto a complicarle la noche. Igual que ignoramos el tono de nuestra voz hasta que alguien nos la hace escuchar grabada, nunca somos del todo conscientes de cómo caminamos. Pero reconozco que la estampa me divierte. La de caminar por Triana como un sheriff cansado, digo.

En los westerns bastaba con desenfundar antes que el otro. En la vida real, a mí me ocurre justo al revés: lo difícil no es disparar; lo difícil es hacerlo cuando uno piensa que, si falla, ya no tendrá una segunda oportunidad.Me pregunto si soy el único.Si hay alguno más tan idiota como para seguir ensayando un disparo mientras la vida pasa por delante, o se escapa, que viene a ser lo mismo;y a menudodescubre demasiado tarde que las mejores premios no los pierde quien falla el tiro, sino quien nunca llega a apretar el gatillo.

 

Julio de 2026

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

El que apaga la luz

Nadar hasta que pueda