Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

En buena compañía


Como apuntaría mi apreciado Víctor, voy de narco colombiano. El calor aprieta en el sur, vaya que sí. Hoy toca comer, y beber buen vino, con dos amigos muy queridos. Mañana, otro amigo de los buenos ―¿acaso hay otra forma de ser amigo?― me ha invitado a cenar en su casa, en ese jardín pequeño y coqueto que parece la antesala del paraíso. No está mal para una semana empeñada en convertir mi agenda en un campo de minas. Menos mal que a veces la vida, después de empujarte hacia la cuneta, tiene la delicadeza de ofrecerte un banco a la sombra. Además, he conseguido levantar veintiséis páginas en dos capítulos de una nueva novela. Qué curioso, qué paradójico, que mientras la puñetera vida se empeña en tirar tabiques la ficción siga construyendo habitaciones. Llevaba tiempo sin trabajar en largo, quizá demasiado, pero al volver a remangarme ha regresado esa sensación impagable que sólo aparece al escribir novelas: la obligación deliciosa de sentarte a jugar a imaginemos, a pesar del caos y de los empujones, porque sabes que es imposible levantar un rascacielos sin poner unos cuantos ladrillos cada día; la ventaja, tal vez injusta, sobre los cuentos, porque las novelas te hacen compañía, tienes que aprender a convivir con ellas tras los primeros momentos de pasión, cuando todo se permite, cuando todo parece tan sencillo.
Siempre me gustaron los retos, qué le voy a hacer.
Quizá por eso sigo escribiendo novelas.
Y enamorándome de vez en cuando.


Julio de 2026

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