Manolo Solo

Me llama un amigo muy querido y me pregunta si me he enterado. Como tenemos muchos amigos en común, pienso lo peor. En ese tiempo indeciso en que aún no sabes de qué te hablan, la imaginación suele elegir el camino más oscuro. Sin pretenderlo pero también sin poder evitarlo, empiezo a hacer una lista de nombres mientras contengo la respiración. Pero no, se trata de Manolo Solo. Porque Manolo Solo se ha muerto, y aunque no seamos amigos, ni siquiera nos hayan presentado o nos hayamos saludado al encontrarnos en la calle, me ha dado mucha pena. A veces pasa con ciertos actores. Después de tantos años acompañándote desde una pantalla, uno termina sintiéndolos como a esos tipos cercanos y discretos con los que no hace falta hablar demasiado para saber que están ahí.

Mi amigo sabe que me gustaba mucho. Alguna película donde salía él le he recomendado. Se ha ido con la misma discreción con la que parecía caminar por sus personajes. Yo, al menos, no sabía que estuviera enfermo. Y sucede algo coherente en su despedida silenciosa porque tenía esa forma de interpretar que nunca pedía permiso para entrar en escena ni necesitaba levantar la voz para quedarse en ella. Bastaba una mirada, una pausa, una leve inflexión para que entendieras que el personaje  llevaba una vida entera a cuestas antes de pronuncar la primera palabra.

Podría recordarlo por el quinqui de Tarde para la ira, el papel que le dio un Goya. Podría recordarlo por el periodista de La isla mínima. O por el extraordinario Gutiérrez Mellado de Anatomía de un instante. Incluso por ese pícaro entrañable de Una quinta portuguesa, de la que hablé hace poco. Pero si tengo que quedarme con uno solo de sus personajes, es el de Cerrar los ojos, la película de Víctor Erice. Antes de escribir esto vuelvo a ver una escena que me emocionó hondamente. Durante una cena entre amigos, su personaje coge una guitarra y rinde homenaje a una de mis escenas favoritas de toda la historia del cine: esa de Río Bravo en la que Dean Martin canta mientras Walter Brennan lo acompaña con la armónica, Ricky Nelson a la guitarra y John Wayne escucha de pie, taza de café en mano, sin saber muy bien qué hacer. Anda que no la he cantado veces. Si te ríes a leer esto es porque me conoces y me has visto cantarla. Incluso silbarla.

No creo en la reencarnación ni en la vida eterna. Tengo la convicción de que cuando todo se acaba es para siempre. Sin embargo, los libros y el cine pertenecen al delicioso territorio de la imaginación. Por eso me gusta pensar que hay un lugar donde las películas nunca terminan. Un rincón donde las escenas continúan desarrollándose cuando se apagan los proyectores. Y hoy quiero imaginar a Manolo Solo sentado en aquella comisaría del Oeste, guitarra en  mano, mientras Dean Martin vuelve a entonar My Rifle, my pony and me, Walter Brennan sonríe detrás de la armónica, Ricky Nelson marca el ritmo y John Wayne sigue allí, inmóvil, con su taza de café, contemplándolos a todos con esa mezcla de pudor y afecto de quien sabe que no puede hacer nada mejor que mirar y no estorbar.

Hoy las carreteras se llenarán de coches camino de la playa. Y está bien que sea así. Yo haré otra cosa: sacaré del frigorífico una botella de ese vino italiano al que me ha aficionado mi querido Rafa. Llevo mucho tiempo resistiéndome a volver a ver Cerrar los ojos. Me gustó tanto que preferí dejar que permaneciera intacta en la memoria, como esos libros que uno tarda años en releer por miedo a descubrir que el recuerdo era mejor que la realidad.

Pero creo que esta noche ha llegado el momento.

Abriré esa botella, apagaré el teléfono y volveré a encontrarme con Manolo Solo.

Que la tierra te sea leve.


Julio de 2026


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