Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Maricón el último

Maricón el último es una de esas expresiones que uno deja de oír y años después regresan a la memoria con la misma nitidez con la que uno recuerda el olor de los pupitres o las gomas Milan. Las reglas eran sencillas: echar a correr. El último cargaba con el título. Nadie se preguntaba qué tenía de malo ser maricón. Lo importante era no llegar el último.

Nos reíamos mucho con los chistes de mariquitas. Seguimos riéndonos, me temo. Yo pertenecía a la cofradía de los raros, pero sostener que por eso era un adolescente ilustrado que cuestionaba aquellas actitudes sería faltar a la verdad. Al cabo, y aunque no nos guste, somos hijos de nuestro tiempo. Pero las bromas tienen una curiosa asimetría: el humor pertenece a quien lo cuenta; la ofensa, a quien la recibe. Y no siempre coinciden. Por eso me molesta mucho ese argumento de quien después de soltar algo sin pensarlo un par de veces, cuando te enfadas te dice que no se te puede decir nada. Los bocachanclas no llevan bien descubrir que hablar tiene consecuencias. Confunden la libertad de expresión con el derecho a no morderse nunca la lengua. Y no es lo mismo. De hecho, una señal inequívoca de inteligencia, creo, y también debuena educación, consiste en saber cuándo conviene callarse.

Viene todo esto a cuento mientras almuerzo en este sábado caluroso viendo en las noticias las imágenes del Orgullo. Más de uno se refería a sí mismo como maricón. Pero, qué curioso: ya no sonaba igual. Es interesante el matiz cuando no cambian las palabras sino el propietario.

Se sigue eligiendo esa palabra para humillar, pero me agrada que muchos homosexuales la utilicen entre ellos con absoluta naturalidad. Con ironía, quizá. Incluso con cariño. Como quien se apropia de una vieja cicatriz para que deje de doler.

El lenguaje tiene estas ironías: para eliminar un insulto basta apropiarse de él. Darle la vuelta, vaciarlo. Derrotar con elegancia a quien pretende ofender.

Quizá una hermosa forma de cambiar el mundo sea que las palabras cambien de dueño.

 

Julio de 2026

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