Oye, chaval

Imagen
A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

Más madera

 

Hace dos décadas pasé mucho tiempo investigando la vida del tipo que popularizó la relatividad. Lo pasé bien, viajé a varios lugares inolvidables en buena compañía ytras descubrir muchas de sus debilidades como ser humano y hablar con gente que lo trató, Albert Einstein acabó cayéndome simpático. Me gusta la gente que vive y se la juega, que acierta y se equivoca. Cuánta razón tenía ese tipo: el tiempo es elástico. Cinco minutos junto a una mujer estupenda desaparecen sin dejar rastro. Cinco minutos en una oficina pueden durar un cuarto de siglo. Salgo de la de la asistente social preguntándome si Larra también estuvo aquí. A pesar de los ordenadores, las fotocopiadoras y las pantallas táctiles, Vuelva usted mañana continúa siendo un manual de sorprendente vigencia.

La escena comienza incluso antes de empezar. Después de un mes esperando la cita, me siento frente a la funcionaria enseguida tengo que sacarla del error. Me pregunta dónde vivo, si estoy casado, qué problema tengo qué prestación vengo a solicitar. Cuando consigo explicarle que la ayuda no será para mí, soporto un incómodo refunfuñosin duda parte del mobiliario administrativo cuando la historia se sale del guion. La vida es más imperfecta que las novelas y los problemas reales se resisten a encorsetarse en cuadrículas burocráticasComo soy un tipo coqueto me gusta pensar que el suave cambio de tercio es gracias a mi sonrisa, pero quizá sea porque detrás de la burocracia suele habitar una persona. La conversación empieza a cambiar de temperatura. La asistente social sigue siendo la misma; tal vez sólo desaparece el personaje que el procedimiento la obliga a interpretar.

Tengo la impresión de que la mayoría hace lo que puede dentro de un sistema pensado para que nadie se cuele donde no debe. Lo entiendo. El dinero público exige controles. Hay que justificar, acreditar, verificar y demostrar. El problema es que, cuando uno lleva un rato escuchando hablar de procedimientos, plataformas, certificados y un interminable rosario de siglas, acaba preguntándose si al final recibir una prestación es un premio menor que descifrar el jeroglíficoEse territorio nunca ha sido el mío, lo confieso. Hay personas que atraviesan los laberintos de la burocracia como quien pasea por un parque. Yo entro en ella con la misma seguridad con la que me aventuraría en un bosque una noche sin luna llevando una linterna sin pilas. Cada formulario conduce a otro formulario. Cada documento necesita otro documento. Cada puerta parece esconder una ventanilla donde alguien, a veces con exquisita educación y a veces con evidente despreciome indica que la siguiente puerta está un poco s al fondo.

es cuando empiezo a hacer cuentas. No sólo de dinero. También de tiempo. De energía. Porque llega un momento en que la pregunta deja de ser cuánto pueden ayudarnos y pasa a ser cuánto tiempo y cuánta energía voy a malgastar intentando que nos ayuden, quizá para que al final no nos ayuden siquiera o quién sabe, la ayuda llegue demasiado tarde. La biología no entiende de plazos administrativos.

Como sin darme cuenta se me activan muchas conexiones, ya estoy pensando en Groucho Marx y aquella locomotora que seguía avanzando mientras iban arrancando las tablas de los propios vagones para alimentar la caldera. Más madera. Siempre más madera. Hasta que un día ya no queda nada que echar al fuego. Con el dinero pasa igual. Y también con el tiempo. Sobre todo con el tiempo. 

No se lo digo. Igual sonríe si le hablo de Groucho Marx. Pero a veces no tengo ganas de hacerme el gracioso. A veces el humor no arregla nada. Pero ayuda a recordar que seguimos siendo personas incluso cuando llevamos toda la mañana transitando por laberintos que no nos llevarán a ninguna parte. Quizá resulte más rentable dedicar esas horas estériles a trabajar, a buscar otra forma de salir adelante o, sencillamente, a estar al lado de quienes nos necesitan. El dinero va y vieneSi un día ya no queda más madera que quemar, pues vale, lo asumiré.

Con el tiempo no puedo hacer lo mismo.

Ojalá pudiera.

 

julio de 2026

Comentarios

Entradas populares de este blog

Hola y adiós

Nadar hasta que pueda

Regalo ejemplares de El factor Einstein