Lo que abrigan mis colores

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A veces a la gente cercana le sorprende que escriba sobre detalles tan personales. Siempre respondo lo mismo: en realidad no cuento nada, porque contar mucho también puede ser una forma de no contar nada. En eso consiste el reto. Otras me ven sin ropa y tú desnudo, escribió Benjamín Prado y cantó Sabina, vaya. Se lo decía ayer a mi prima durante una celebración familiar. Me contaba ella, con esa mezcla de cariño inquebrantable y admiración sonrojante que sólo se permite en la familia, que me leía, que le gustaba mucho. Pero bueno, ella siempre me ha leído. Además, añadió, sé cuándo estás triste, cuándo estás contento, sé cuándo necesitas soltar algo porque te quema por dentro. Claro, ¿cómo no va a saberlo? La gente que me conoce, sobre todo si me conoce bien, juega con ventaja. Pero a veces, creo, no son conscientes de que la mayoría de quienes me leen no me conocen, nunca me han visto, ni se han cruzado conmigo, ni siquiera han hablado conmigo y probablemente nunca lo harán. Y ahí est...

Stallone


Ochenta castañas le cayeron ayer a Stallone. Ochenta, sí. Una detrás de otra. Hace tiempo me topé con un vídeo muy revelador en las redes sociales: el actor bajaba de un coche y docenas de adolescentes hacían cola para retratarse junto a él. Como este año se cumple medio siglo del estreno de la primera de Rocky  y Acorralado llegó a los cines seis años después, ninguno de ellos había nacido, ni era un proyecto siquiera, cuando Stallone era Stallone. Tiene mérito, mucho. Yo, sin ir más lejos, no vi la primera de Rocky hasta diez años después y si alguna mujer no ha estado a mi lado el tiempo suficiente para sentarse a verlas todas conmigo no puedo adjudicarle la categoría de novia con todas las letras. O con mayúscula, si lo preferís. Ver ganar un combate al Potro Italiano nunca me ha hecho llorar, pero no soy capaz de ver el momento de la quinta entrega donde el boxeador arruinado recuerda el día que Mickey le regaló un colgante que perteneció a Rocky Marciano sin limpiarme las lágrimas: “Get up you, son of a bitch, ´cause Mickey loves you!”. 

Stallone no es el mejor actor de la historia. Tampoco lo pretende. Pero atesora muchas más virtudes de las que sus detractores reconocerían. La primera de Rocky ganó el Oscar a la mejor película, pero no sé si mucha gente sabe que él también fue nominado como actor principal y como guionista. Semejante mérito, lo busqué una vez, hace muchos años, no sé si seguirá siendo así, sólo corresponde a Stallone y a Lawrence Olivier. Además, mira como pocos. Una mirada triste, tal vez no fingida porque es la suya, pero irrepetible.

Creo haber escrito alguna vez sobre lo siguiente, pero como ahora no me apetece ponerme a buscarlo, tal vez lo repita. Mis disculpas si es así: cuenta Stallone que fue a un casting en el que estaban Irving Wrinkler y John G. Alvidsen, quienes a la postre producirían y dirigirían la primera de Rocky. Antes de marcharse, se dio la vuelta y les dijo que estaba escribiendo algo sobre un boxeador. Enséñanoslo cuando lo tengas listo, respondieron. 

El resto es historia. 

Una historia que merece ser contada en un capítulo aparte. 

Julio de 2026

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