Tiburón
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Lo mío debe de tener un nombre en psicología. Si salgo de esta igual me siento en el diván. Quién me mandaría venir. Con el biólogo y el policía; y el veterano de guerra al timón. Visto de cerca el Carcharodon Carcharias acojona. El diván de un psicólogo, digo. Aunque, ya puestos, viendo acercarse esa manifestación de cuchillos afilando cuentas pendientes, mejor una psicóloga. Con la muerte tan cerca se esfuman las tonterías. Que le den a la corrección política. Una psicóloga para contarle que de niño me leí la novela en la playa. Igual era una excusa para quedarme en el apartamento leyendo tebeos. A los trece años ya apuntaba maneras de friki. Y a mucha honra, oye. No me acuerdo de si vi la película antes o después, pero espero que estos dos tipos que tienen tanto miedo como yo no hayan leído el libro, porque en la novela el biólogo de los ricitos se tira a la mujer del poli. Supongo que Spielberg pensó, con buen criterio, porque es cualquier cosa menos estúpido, que para que la camaradería no se resquebrajase era mejor pasar de puntillas por los cuernos. Tan listo fue que comprendió que el bicho este asustaba más cuando no se le veía. No pretendo enmendar la plana a un genio, pero ahora que lo tengo tan cerca me cago de miedo. De todos modos, Brody, no pierdas de vista al científico con pinta de bohemio. No es mal tío: en pocos años se obsesionará con los extraterrestres; y más adelante, por raro que parezca, conseguirá que Madeleine Stowe se arranque por él. Mientras tanto, átalo corto. No sabemos qué pasará cuando lleguéis a la playa nadando.
De Quint os podéis ir despidiendo.
Y, sobre todo, no perdáis de vista la botella de oxígeno.
Junio de 2026

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