De succiones genuflexas

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No me voy a andar por las ramas. Creo que la ocasión lo merece. Al que le guste, bien, y al que no, pues nada, me alegro. No tenía ni idea de la polémica que se había desatado. Bastantes cosas tengo a mi alrededor, y bastante más importantes, como para andar pendiente de según qué asuntos. Pero esta mañana me he enterado de que Javier Tebas, presidente de la liga española, había pedido perdón a los chinos. En chino. Así que me he puesto a escarbar un poco, por pura curiosidad.  A estas alturas ya sabréis lo ocurrido, pero por si acaso, os lo cuento. Parece que Mbappé, el jugador del Real Madrid, durante una entrevista recordó un meme en el que aparecía su cara sobre la imagen de Mao Zedong (yo sigo prefiriendo Mao Tse-tung, pero allá cada cual con sus gustos). Al comentar el montaje dijo que se trataba de un tipo que creía que era un dictador chino. Ni siquiera pronunció su nombre, igual hasta ni lo sabía. Contó también que utilizaba la imagen para bromear con sus amigos. Como cu...

Blokecore



Fue también en verano, hace ya muchos años, si no veinte casi, cuando aquellas colas interminables para comprar un teléfono carísimo antes incluso de que saliera a la venta. Debía de ser el primer iPhone. Tendría que buscarlo para confirmar la fecha, pero me da mucha pereza y además el dato importa menos que la imagen: miles de personas aguardando durante horas para hacerse con un  cacharro que estaba a punto de salir y ya se antojaba imprescindible. Hoy mismo volví a ver una escena parecida en el telediario. No era por un teléfono, sino por la nueva camiseta de la selección española, la primera en la que ya podremos lucir las estrellas de los dos Mundiales. La cola era en una tienda de la Gran Vía madrileña. El precio, nada simbólico: cien euros la de adulto, setenta y cinco la infantil y ciento cincuenta la versión Authentic, a saber: la misma que utilizan los jugadores. La blanca todavía no está a la venta. Miedo me da cuando eso suceda. Cada generación tiene derecho a sus propios rituales de consumo y, al cabo, pertenezco a otra tribu. Porque con las camisetas de fútbol me ocurre lo mismo que con los iPhone: jamás he tenido ninguna. De niño nunca me gustó jugar al fútbol pero recuerdo haberme probado alguna de aquellas camisetas que parecían confeccionadas con el mismo material que los toldos de una terraza en agosto: te la ponías cinco minutos y era como estar cultivando tomates en el pecho. Sin duda hoy los tejidos son mejores, pero aquella experiencia bastó para que nunca volviera a sentir la menor tentación de enfundarme una. Tampoco he tenido jamás un iPhone. Y no es por una cuestión ideológica ni por esa absurda necesidad, tan propia de algunos snobs, de ir siempre contracorriente. Nunca me ha llamado la atención, sólo es eso. Eso sí, aprendí hace tiempo a no hacer juramentos tecnológicos. Durante años pensé que jamás tendría un Mac hasta que probé uno. Ahora uso dos, un portátil y uno de sobremesa, y no los cambiaría por nada. Así que quién sabe qué terminará ocurriendo algún día con el teléfono. Lo que sí veo bastante improbable es sucumbir a esa tendencia que ahora llaman blokecore, otro de esos neologismos con los que parece que cualquier costumbre de toda la vida adquiere de pronto un barniz de sofisticación. Porque resulta que llevar camisetas de fútbol ya no consiste sólo en llevar camisetas de fútbol. Ahora tiene un nombre en inglés, una etiqueta y una categoría estética. Es, en esencia, lo mismo de siempre, pero envuelto en un anglicismo para que parezca una corriente cultural en lugar de una visita al armario. Uno pasa de ser un aficionado a convertirse, sin proponérselo, en una manifestación estética.

Pero ya digo, no me encontrarán ahí. No porque me parezca mal que otros se pongan la camiseta de su equipo o de la selección, sólo faltaría, sino porque empiezo a asumir que me estoy haciendo mayor cuando necesito un diccionario para descubrir que existe una moda que consiste en hacer lo de toda la vida.


Agosto de 2026


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