De succiones genuflexas

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No me voy a andar por las ramas. Creo que la ocasión lo merece. Al que le guste, bien, y al que no, pues nada, me alegro. No tenía ni idea de la polémica que se había desatado. Bastantes cosas tengo a mi alrededor, y bastante más importantes, como para andar pendiente de según qué asuntos. Pero esta mañana me he enterado de que Javier Tebas, presidente de la liga española, había pedido perdón a los chinos. En chino. Así que me he puesto a escarbar un poco, por pura curiosidad.  A estas alturas ya sabréis lo ocurrido, pero por si acaso, os lo cuento. Parece que Mbappé, el jugador del Real Madrid, durante una entrevista recordó un meme en el que aparecía su cara sobre la imagen de Mao Zedong (yo sigo prefiriendo Mao Tse-tung, pero allá cada cual con sus gustos). Al comentar el montaje dijo que se trataba de un tipo que creía que era un dictador chino. Ni siquiera pronunció su nombre, igual hasta ni lo sabía. Contó también que utilizaba la imagen para bromear con sus amigos. Como cu...

Eclipse II


A las seis de la mañana estoy tecleando con la furia incombustible del conejito de Duracell. Me he despertado muy temprano y ya no consigo dormir. Tengo los ojos como si me los hubieran frotado con papel de lija porque me acosté tarde tras cenar con un puñado de viejos amigos.  Toca acompañar al hospital y a media mañana ya estoy en la sala de espera. Serán, como siempre, muchas horas por delante y también la puñetera incertidumbre con la que aprendes a vivir, no queda otra, cuando las cosas no dependen de ti. Atravieso la hora del almuerzo, indiferente, leyendo un poco. El menú de la cafetería no me estimula, pero tampoco me arranca un lamento por no comer. Hace tiempo que, para sobrellevar estos días tan largos, me acostumbré a una pequeña recompensa: cuando vuelvo a casa me doy un homenaje. No es gran cosa. Me conformo con poco. Sólo hay que esperar. Al final todo llega. Aunque sea de forma extemporánea.

Pasan de las seis de la tarde cuando aparece, por fin, el momento del hogar dulce hogar. Me doy una ducha fría ―una larga caminata a las cinco de la tarde con este calor lo merece―, me pongo un pantalón fino y una camiseta como para practicar yoga, aunque no tenga ni puñetera intención de practicar yoga, y después preparo un pequeño festín que llevaba todo el día esperando. Nada extraordinario, ya veis, comida con buena pinta, sabrosa. Tengo lo mismo de gourmet que de bailarín del Bolshói. Saco del frigorífico la última botella de ese vino italiano que me gusta tanto, pongo una serie y me siento a comer con el aire acondicionado. Fresco, tranquilo, sin prisas y sin muchas ganas de pensar. La serie hace su trabajo aunque apenas le presto atención. El vino también empieza a hacer el suyo. Termino de comer, me tumbo en el sofá y a los pocos minutos me quedo dormido, como si me hubieran narcotizado.

Cuando me despierto está muy oscuro al otro lado de la ventana.

No sé si es el eclipse o si ya es de noche.

Qué más da.


Agosto de 2026


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