De succiones genuflexas
A partir de un momento dejas de ver la orilla. Y entonces, si te gusta navegar, empieza lo mejor. Quizá porque hacía demasiado tiempo que no me alejaba tanto, no recordaba cuánto me apetecía ponerme al timón y perder de vista la costa. La línea de tierra desapareció hace ya muchas páginas y llegó ese cosquilleo que sólo produce la incertidumbre. No miedo, sino esa mezcla de inquietud y entusiasmo que uno siente cuando comprende que ya no controla del todo el viaje. Eso le añade interés. Mientras todavía distingues la playa de la que has zarpado siempre existe la tentación de regresar, de corregir el rumbo, de decirte que aún estás a tiempo de abandonar la aventura. Pero un día ya no queda tierra a la vista. Sólo agua. Agua por delante y agua por detrás. Y ese cosquilleo, sí; esa mezcla de vértigo e ilusión.
Admiro a quienes levantan un plano detallado antes de poner la primera palabra y saben todo lo qué ocurrirá en cada capítulo, pero nunca he sido un escritor de mapas minuciosos. Prefiero un margen para la sorpresa, cada vez más, aunque suelo conocer el final. En esta novela también: sé con bastante precisión dónde quiero desembarcar, qué imagen quiero que cierre el libro, qué emoción me gustaría provocar cuando llegue la última página, aunque lo planeo tan sutil que me preocupa que los lectores, o una parte de ellos, no se den cuenta.
El puerto donde quiero llegar todavía queda demasiado lejos para distinguir sus contornos. Y entre ese punto y el lugar desde el que partí prefiero no trazar una línea recta. Sería como viajar con un navegador que te anuncia, kilómetro a kilómetro, todos los giros hasta el destino. Llegarías, claro, pero te perderías el placer del camino. Escribo un capítulo y ese capítulo me obliga a escribir el siguiente. Es la mejor forma para mí. La que más me divierte. Una conversación abre una puerta que juraría haber dejado cerrada. Una frase secundaria acaba reclamando consecuencias cincuenta páginas después. No creo que la novela se escriba sola, esa frase tan repetida me parece una exageración, pero llega un momento en que empieza a responderte. Dejas de imponerle el camino y empiezas a escucharlo.
Supongo que con los años también se aprende eso. A disfrutar de la incertidumbre, digo. A dejar de verla como un enemigo. En la escritura, como en la vida, casi todo lo interesante ocurre porque desconocemos el siguiente paso. Si supiéramos de antemano cómo va a terminar un partido, en qué minuto marcará nuestro equipo o cuándo llegará la alegría o el desastre, asistiríamos al espectáculo con la misma indiferencia con la que uno relee un periódico atrasado. Lo emocionante consiste en no saberlo. La incertidumbre no es un peaje: es el viaje. Quizá por eso escribir una novela sigue pareciéndome una de las aventuras más hermosas que conozco, y bendito sea. Empiezas creyendo que llevas el timón y acabas comprendiendo que el viento también tiene algo que decir. No se trata de navegar a la deriva. Se trata de aceptar que no puedes controlar cada ola, cada corriente, cada cambio de luz.
Ahí sigo, las manos firmes en el timón. Yo solo. Ignoro cuánto tardaré en llegar. Tampoco puedo saber ―conviene cuestionar las certezas cuando de escribir se trata― a qué orilla arribaré ni en qué puerto terminaré atracando. Quizá alcance una isla cercana. Quizá otra mucho más lejana de lo que imaginaba cuando zarpé. Quién sabe si, cuando todo termine, descubriré que sin darme cuenta he dado la vuelta al mundo. El caso es seguir navegando. En realidad, ya no importa demasiado cuál sea la orilla ni el puerto donde termine el viaje. El viento sopla. Yo procuro sujetar el timón sin discutir demasiado con el mar y dejar que cada capítulo me conduzca hasta el siguiente.
Navegar no para llegar.
Navegar para disfrutar del viaje.
Agosto de 2026
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