400 palabras
Lo llevo claro, parece. Clarinete. Por raro que parezca con tanta gente pontificando en Instagram, escribir es algo más complicado que colgar una tontería resultona en las redes sociales, una frase o dos debajo de una foto para que los seguidores le den al corazoncito. También se puede hacer, faltaría más —y se hace, y lo hago— y algunas veces hasta tiene su gracia, pero ya digo, escribir es otra cosa. Al menos para un servidor. A mí me gusta dar vueltas, acercarme en círculos, rodear lo que quiero contar, aproximarme un poco, retirarme después, amagar sin golpear, volver por otro lado y, cuando ya parece que me he olvidado de a dónde quería llegar, intentar clavar el aguijón, como un escorpión astuto, en el corazón del lector. A veces lo consigo, a veces no. Algún día, quién sabe, el escorpión acabará picándose a sí mismo, qué le vamos a hacer. Miradlo por el lado bueno: así os libraréis de mí.
Suelo evitar los caminos rectos cuando escribo. Prefiero los rodeos y estos necesitan espacio. Necesitan palabras. Además, prefiero los párrafos largos, que no significa que me gusten siempre las frases largas. Me gusta ver el texto ahí, contundente, con enjundia, como un buen cocido. De esos en los que metes la cuchara y encuentras algo sabroso. Ya sé que no está de moda. Ayer los telediarios abrían con la noticia de que, según el informe PISA, a los chavales empieza a costarles mantener la concentración en textos de más de cuatrocientas palabras. Cuatrocientas. Cualquiera de estos artículos suele tener setecientas, ochocientas como mínimo. Podría escribirlos más cortos, por supuesto —ya está tardando el listillo de turno en venir a darme consejos, yo me entiendo—, incluso podría dejar todo esto en una frase resultona, buscar una foto bonita y esperar los corazones. Pero entonces escribiría condicionado por algo que no tiene nada que ver con lo que quiero contar, sino con el tiempo que alguien está dispuesto a concederme. Y si siempre me ha dado pereza negociar con eso, imaginad ahora, con tantas canas adornándome la barba.
Tampoco se trata de ponerme apocalíptico. He ido a muchos institutos a hablar de libros y siempre he encontrado chavales que leen. Algunos muchísimo. Emociona reconocer en gente tan joven esa pasión por la lectura, esa necesidad de meterse en una historia y quedarse allí durante horas. Pero no son mayoría. Nunca lo han sido. Nunca lo hemos sido. Yo era uno de esos tipos raros que se zampaban, uno tras de otro, tochos que apenas cabían en una caja de zapatos, así que tampoco sé si el mundo se está acabando o si llevamos toda la vida convencidos de que la generación siguiente va a acabar con él. Pero tampoco voy a hacer mucho para adaptarme. No voy a hacer nada, me temo. Y no porque me considere por encima de nada ni de nadie ni porque vaya a tener el momento tonto de ponerme estupendo con la literatura. Es más sencillo que eso: mi carrera está hecha, lo que venga a partir de ahora será estupendo y, si no viene, pues estupendo también. Eso no significa bajar los brazos, ni mucho menos. Aquí sigo, peleándome todos los días con una novela sin haber preguntado antes a nadie si estará interesado en publicarla, ni siquiera si la trama le interesa, entre otras cosas para escribirla como me dé la gana.
La novela más larga que he escrito tiene, si mal no recuerdo, unas doscientas mil palabras. La que tengo ahora entre manos andará por las ciento setenta mil. Igual cuando termine de meterle la tijera serán menos. Pero serán algunas más de cuatrocientas, os lo aseguro. Conque, si mi nueva novela no llega a las mesas de novedades o incluso pasado un tiempo nadie ya nadie consigue leer hasta el final ninguno de estos artículos, habrá que asumirlo. Yo seguiré dando vueltas, acercándome, alejándome, escribiendo párrafos largos y buscando el momento de sacar el aguijón. A estas alturas tampoco voy a convertirme en una frase debajo de una fotografía.
Lo tengo claro.
Clarinete.
Septiembre de 2026
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