El tío Gilito del tinto de verano
Soy todo lo contrario a un gourmet. Lo he dicho muchas veces y además puedo demostrarlo. Cuando el camarero descorcha una botella de vino, sirve un poco en mi copa y espera con solemnidad a que lo pruebe, siempre le digo que no hace falta, que estará bueno. Para qué perder el tiempo. Por suerte tengo buenos amigos que saben bastante más de vinos que yo —de vino y de muchas otras cosas— y me dejo aconsejar. El otro día, sin ir más lejos, Rafa y yo liquidamos un par de botellas de un excelente vino italiano. Habrían sido tres de estar Juan, pero Juan andaba en otros menesteres y tampoco me voy a poner a contar su vida.
A lo que iba: el otro día fui al supermercado a comprar tinto de verano. Me gusta el tinto de verano. Ya sé que estamos en septiembre y que las vacaciones se han acabado, aunque yo todavía no las haya empezado, pero con el termómetro a cuarenta grados considero que, mientras se pueda freír un huevo sobre el capó del coche, todavía conservo el derecho a beber lo que me dé la gana sin consultar el calendario. Pero por más que lo busqué no encontré una sola botella. Pregunté a una empleada y me explicó que lo habían retirado.
—¿Cómo? ¿Que ya no hay tinto de verano?
—Son las normas —se disculpó, encogiendo los hombros.
Debí de poner la misma cara que si me hubiera avisado de la llegada del apocalipsis porque se apiadó de mí, fue al almacén y regresó con unas cuantas botellas. Las últimas reservas.
—Pero si en la calle te derrites —protesté—. Con todo el verano que nos queda.
Me explicó que a partir de primeros de septiembre retiran el tinto de verano y algunas cosas más para colocar material escolar. Y antes de que terminara de contármelo supe qué sería lo siguiente.
—Y después las cosas de Navidad, ¿verdad?
Sonrió y asintió.
Siempre es igual. Uno todavía anda buscando la sombra por la calle y pensando si esa noche podrá dormir sin aire acondicionado, y los supermercados se empeñan en recordarte que hay que ir pensando en los mantecados. Cualquier día vamos a encontrarnos los polvorones junto a las cremas solares y asumiremos que hemos perdido el control del calendario.
Me llevé todas las botellas rescatadas del almacén. Y aquí estoy, parezco el puto tío Gilito del tinto de verano, contando mis reservas, dispuesto a defenderlas hasta que bajen las temperaturas. Por cierto, me gusta con Casera blanca. Lo digo por si alguna vez queréis invitarme.
En fin. Puestos a aceptar que las estaciones de los supermercados ya no guardan relación con las de verdad, propongo que dejemos de disimular. Navidad todo el año, joder. Mantecados en agosto. Roscones en primavera. Turrón junto a la sombrilla. Si en octubre seguimos a treinta y cinco grados y Papá Noel ya desfila por los grandes almacenes, pues qué le vamos a hacer. Pero entonces exijo reciprocidad: que dejen el tinto con Casera todo el año. Al menos que me dejen decidir cuándo se acaba el verano.
Septiembre de 2026
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