El último rincón
Fui un niño solitario y feliz. Quiero creer que ahora soy un adulto solitario que no ha dejado de ser un niño y también, en la medida de lo posible, feliz. Una de las ventajas de haber sabido desde muy pronto estar solo es la capacidad de aguantarte a ti mismo, que no es poco. Mucha gente necesita escapar de los demás y sobre todo escapar de sí misma, que se parece bastante al espanto por estar solo. Cada uno es como es y mis respetos para cada cual, sólo faltaría. Pero como sólo soy un experto en mí mismo, y a menudo me asaltan las dudas sobre eso, puedo afirmar que siempre he encontrado un rincón para refugiarme cuando las cosas se ponen feas. No tiene por qué ser un sitio, aunque ayuda, claro. A veces bastaron los libros y las películas. Todavía siguen bastando, y que dure. Otras, los dibujos, dar largas caminatas o perderme unos días. Durante buena parte de mi vida fue el karate, ahora también lo es el yoga; o la bici. Y escribir, claro. Escribir, sobre todo, por muy cansado que sea.
Hoy es domingo y me he peleado todo el día con cuatro capítulos porque ayer, sábado, añadí ocho páginas que a mi modesto entender faltaban para reflejar un detalle esencial de la novela y para encajarlas tuve que reestructurar otras sesenta. Nada grave. Cosas técnicas, vaya, que sólo puedes hacer tú.
Cuando termino estoy agotado y busco un rincón. Me gusta pensar que funciona así. Que por mucho que apriete la vida, siempre queda un rincón, aunque sea pequeño, aunque nadie lo entienda ―y qué coño me importa, a estas alturas de la película, que nadie lo entienda―, incluso puede parecer una estupidez visto desde fuera. Da igual. La vida aprieta, decía. Últimamente mucho. Pero siempre hay unas cuantas páginas más, unos kilómetros de pedaleo, otro rato en la esterilla. Y no es para fingir que no pasa nada. Porque pasa. Vaya si pasa. Llega un momento que sabes que algunas cosas no se arreglan cerrando los ojos, pero también aprendes que no es obligatorio quedarte quieto mientras llegan los golpes. En una pelea, si no tienes escapatoria y te atacan varios malnacidos, más sensato que ponerte a correr sin saber a dónde es buscar un rincón en el que atrincherarte, la espalda a cubierto para que sólo puedan atacarte de frente; de uno en uno, con un poco de suerte. Así es más fácil defenderte. O sobrevivir. O al menos aguantar un poco más.
Tal vez por eso he ido acumulando rincones toda la vida: un tatami, una bici, una biblioteca, la pantalla de un cine, una carretera o una esterilla en el suelo. Lugares donde poner la espalda a salvo durante un rato y ocuparte sólo de lo que tienes delante. Hasta que venga alguien a ayudarte o aunque sepas que nadie va a venir. Porque hay que seguir aguantando. Y enfrentarte a los malos de uno en uno.
Septiembre de 2026
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