A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...
Obtener enlace
Facebook
X
Pinterest
Correo electrónico
Otras aplicaciones
El médico alemán
Obtener enlace
Facebook
X
Pinterest
Correo electrónico
Otras aplicaciones
-
Casi siempre que termino una novela, mi agente
o el editor que corresponda me sugieren que cargue un poco más las tintas en la
acción o la intriga. Incluso algún colega me dijo una vez, hace años, que el problema
de una novela mía es que “era demasiado buena”. Se refería a que tenía voluntad
literaria, algo que, al parecer, ni la gran masa de lectores, ni él, por
supuesto, apreciaban. Venderías el triple si hubiera más tiros, más
persecuciones y más sexo, añadió. No me lo invento. Palabra. Y tampoco le doy
importancia. A veces resulta raro, y divertido, que a uno lo consideren un
autor de novelas de intriga cuando lo que más le preocupa es explorar lo que
les pasa a los personajes por dentro, pero ésa es otra historia. Mis lectores saben -espero- que la intriga, si la hay, es una excusa para que la historia avance mientras me entretengo en explorar otros asuntos.
La cuestión es que
como escritor, como lector y como espectador prefiero las historias interesantes, con intriga y
algo de acción, si es posible o si la trama lo permite (y no me preocupa demasiado), pero sobre todo que
escondan una carga de profundidad indetectable a primera vista;
que me obliguen a seguir pensando en el argumento o en su significado una vez que
haya cerrado las páginas de libro o aparezcan los créditos al final de la película .
Por eso
me ha gustado mucho El médico alemán, de Lucía Puenzo, que parece que
tenía el misterioso título de Wakolda originariamente. La rescaté el otro día
de Canal + al recordar, de pronto, alguna secuencia que vi en la tele cuando la
estrenaron. Esta manía mía de grabar películas indiscriminadamente para luego
buscar si alguna merece la pena de vez en cuando me trae un regalo inesperado.
Puede que que le falte algo, pero qué más
da. A mí me ha gustado mucho esta historia intimista y a ratos terrorífica, salpicada de sugerencias, sobre las andanzas de Mengele en la Patagonia
en los primeros años sesenta. Fantástico Alex Brendemühl como el médico de
Auschwitz. Después de ver la película no se me ocurre otro actor mejor para ese
papel. Consigue que el monstruo parezca un ser humano. Qué lástima
que la sugerencia y la ausencia de efectismos baratos coticen a la baja, en el
cine y en los libros.
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...
Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...
A ver cuándo me regalas tu libro. Es una frase que los escritores estamos acostumbrados a escuchar. No sé mis colegas, pero yo casi nunca regalo un libro mío a quien me la suelta, casi siempre amigos que hace mucho que dejaron de serlo o gente que de pronto parece profesarte un empalagoso cariño repentino aunque antes casi nunca te haya dirigido la palabra. Pero también hay unas cuantas personas a las que nunca consiento que compren un libro mío, y lo primero que hago cuando la editorial me manda unos algunos ejemplares (por cierto, para quien no lo sepa: la editorial no regala los libros al escritor. Se los descuenta en la próxima liquidación. Los que le corresponden a él y todos los que han gastado en la promoción) es dedicarlos, meterlos en un sobre y mandarlo por correo, o incluso llevárselo personalmente a sus casas. Muchas de estas personas tan queridas por mí frecuentan este blog y saben que estoy hablando de ellos. A lo mejor es porque toda mi vida he buscado y comprado los lib...
Comentarios