Oye, chaval

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A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...

El médico alemán


  Casi siempre que termino una novela, mi agente o el editor que corresponda me sugieren que cargue un poco más las tintas en la acción o la intriga. Incluso algún colega me dijo una vez, hace años, que el problema de una novela mía es que “era demasiado buena”. Se refería a que tenía voluntad literaria, algo que, al parecer, ni la gran masa de lectores, ni él, por supuesto, apreciaban. Venderías  el triple si hubiera más tiros, más persecuciones y más sexo, añadió. No me lo invento. Palabra. Y tampoco le doy importancia. A veces resulta raro, y divertido, que a uno lo consideren un autor de novelas de intriga cuando lo que más le preocupa es explorar lo que les pasa a los personajes por dentro, pero ésa es otra historia. Mis lectores saben -espero- que la intriga, si la hay, es una excusa para que la historia avance mientras me entretengo en explorar otros asuntos. 
La cuestión es que como escritor, como lector y como espectador prefiero las historias interesantes, con intriga y algo de acción, si es posible o si la trama lo permite (y no me preocupa demasiado), pero sobre todo que escondan una carga de profundidad indetectable a primera vista; que me obliguen a seguir pensando en el argumento o en su significado una vez que haya cerrado las páginas de libro o aparezcan los créditos al final de la película .

Por eso me ha gustado mucho El médico alemán, de Lucía Puenzo, que parece que tenía el misterioso título de Wakolda originariamente. La rescaté el otro día de Canal + al recordar, de pronto, alguna secuencia que vi en la tele cuando la estrenaron. Esta manía mía de grabar películas indiscriminadamente para luego buscar si alguna merece la pena de vez en cuando me trae un regalo inesperado. Puede que que le falte algo, pero qué más da. A mí me ha gustado mucho esta historia intimista y a ratos terrorífica, salpicada de sugerencias, sobre las andanzas de Mengele en la Patagonia en los primeros años sesenta. Fantástico Alex Brendemühl como el médico de Auschwitz. Después de ver la película no se me ocurre otro actor mejor para ese papel. Consigue que el monstruo parezca un ser humano. Qué lástima que la sugerencia y la ausencia de efectismos baratos coticen a la baja, en el cine y en los libros.


© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2014

Comentarios

Rosa mary ha dicho que…
Es un libro? hace tiempo que lo quería ,pero me han dicho que es una película ,Si lo hubiera podrías decirme el autor? . Gracias


Andrés Pérez Domínguez ha dicho que…
Rosa Mary: el libro es de la misma directora de la película, Lucía Puenzo. El título es Wakolda. Un abrazo,

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