A ver, chaval, permíteme la confianza. Toda la vida mirándote frente al espejo me permite algunas licencias, espero. Total, si te molestas me da igual. Me vas a tener que seguir aguantando hasta que dejes de fumar. Es una metáfora, no te enfades conmigo. Yo sé que nunca has fumado y a estas alturas ya no creo que te pille el momento tonto. Vamos a ver. Siempre has dicho que escribir novelas es como correr maratones y escribir cuentos como correr los cien metros. Estás harto de repetirlo. También, cuando te da por ponerte fino y literario has citado a Cortázar para afirmar que en las novelas se gana por puntos y en los cuentos por KO. Muy bien. Perfecto. Pues como un día alguien tire de hemeroteca vas a tener que mudarte a Vladivostok para esconderte de tu propia boca. Porque, tío, ni maratón, ni cien metros. Ni siquiera sé qué estamos haciendo. Sin preguntar a nadie si existe una sola razón para que el mundo tenga que soportar otro libro tuyo, vas y te pones a escribir una novela para ...
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Relatos salvajes
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Ayer
tuve una charla interesante con una editora. Entre otras muchas cosas
hablamos de los cuentos. Qué pena, decíamos los dos, que en un país como
éste, donde el nivel de muchos de los que escriben en distancia corta es
más que notable, la mayoría de los lectores consideren a la narrativa breve
un género menor. Lástima que el interés de muchos lectores se centre
antes en el número de páginas de un libro que en la historia que
cuente o en cómo está escrito. No es raro que al publicar una novela breve
o un libro de cuentos un lector habitual te pare por la calle y en tono
condescendiente te apremie a escribir pronto “una novela de las gordas”.
Le decía a la editora que uno de los hándicaps a los que ha de
enfrentarse un libro de cuentos cuando se trata de captar la atención de
un lector poco habituado a la narrativa breve es el pequeño esfuerzo
de cambiar de historia y de personajes cada pocas páginas. Ella, que sabe bien
de qué va esto, asentía al otro lado de la línea, y como ejemplo le puse la
película Relatos salvajes, que vi el otro día en la tele. No sé
el número de espectadores que tuvo cuando la estrenaron en el cine, si fueron
los suficientes para que resultara rentable el esfuerzo y el riesgo de rodarla,
pero tal vez al tratarse de seis historias diferentes más de un espectador no
se decidió a pagar la entrada. Gran error. Esta película argentina es un
delicioso libro de cuentos en movimiento. Es difícil no identificarse con
alguno de los tipos que habitan Relatos salvajes; envidiarlos
porque no tenemos sus arrestos para hacer lo que nos pide el cuerpo cuando nos humillan. Sé de lo
que hablo, créanme: hace más de veinte años, una noche al salir del cine la grúa
se había llevado mi coche, que estaba perfectamente aparcado. Poco después se
destapó una trama en Sevilla en la que algunos policías locales
cobraban comisión de la empresa que retiraba los coches. Reclamé, nunca me
llegó la multa, pero tuve que pagar un buen pico para poder llevarme el
coche del depósito. La ficción da en la diana si consigue que el espectador o
el lector acabe viéndose en un personaje como en un espejo. El ingeniero cabreado
al que interpreta Ricardo Darín en uno de los episodios de Relatos
salvajes soy yo, hace muchos años, pero no tan valiente. Ése es
otro de los regalos impagables que tiene la ficción: te permite hacer lo
correcto sin sufrir las consecuencias ni finales innobles.
He visto la película Relatos Salvajes y me ha gustado mucho, ahora uno de los actores, Leonardo Sbaraglia estará en la serie El Hipnotizador, por el tráiler se ve que será un estupendo trabajo al igual que la película
¿Lo has pasado bien?, me pregunta, al final de la noche. El bar atestado. Una pareja amable nos ha cedido un hueco en la barra. Sólo quería ofrecer la entrada a quien de verdad pudiera disfrutarlo. Tres horas antes, en el taxi, se parte de la risa cuando le digo, medio en broma, o no tanto, que mi último concierto fue el de Spandau Ballet en Sevilla, en 1987. No pensaba ir al de Joaquín Sabina, pero ella fue el martes y tenía otras dos entradas para hoy. Me cuenta que hará todo lo posible por ir también al del sábado. Me admira su voluntad de pasarlo bien, de disfrutar. Me admiran sus ganas de vivir. Sobre todo, confiesa, me va gustar el concierto de hoy porque espero que te guste mucho a ti. Pero no quiero que se sienta como la anfitriona de una fiesta, preocupada porque sus invitados lo pasen bien antes que por disfrutar ella misma. Cruzamos la Puerta del Príncipe, la misma por la que salen a hombros los toreros, y ya tengo los vellos de punta. Nos equivocamos de asiento y para ver l...
Aunque soy combativo por naturaleza y me dejo el pellejo antes de bajar los brazos, a veces me canso. No pasa nada: cierro los ojos, duermo o me encierro en una coraza hasta que vuelvo a salir a pelear. A todo buen boxeador le queda un gran combate dentro, reza una máxima pugilística. Pero a veces me pregunto qué pasará cuando no tenga ganas de pelear, cuando me quede sin fuerzas o ya no merezca la pena. Si hablo de esto con gente de mucha confianza (muy pocas personas, en realidad), suelo decir que me iré a una playa, me desnudaré en la orilla y nadaré mar adentro hasta que me rinda el cansancio. Escribí un cuento hace pocos años donde uno de los personajes hacía justo eso. Los juntaletras acostumbramos a contar las verdades importantes en la ficción. No he publicado esa historia. Todo se andará, espero. Alguna vez, alguna vez tal vez... Pero sé que no será tan fácil. No publicar ese cuento, sino nadar hasta que me fallen las fuerzas, por muy poética que se me antoje esa despedi...
A ver cuándo me regalas tu libro. Es una frase que los escritores estamos acostumbrados a escuchar. No sé mis colegas, pero yo casi nunca regalo un libro mío a quien me la suelta, casi siempre amigos que hace mucho que dejaron de serlo o gente que de pronto parece profesarte un empalagoso cariño repentino aunque antes casi nunca te haya dirigido la palabra. Pero también hay unas cuantas personas a las que nunca consiento que compren un libro mío, y lo primero que hago cuando la editorial me manda unos algunos ejemplares (por cierto, para quien no lo sepa: la editorial no regala los libros al escritor. Se los descuenta en la próxima liquidación. Los que le corresponden a él y todos los que han gastado en la promoción) es dedicarlos, meterlos en un sobre y mandarlo por correo, o incluso llevárselo personalmente a sus casas. Muchas de estas personas tan queridas por mí frecuentan este blog y saben que estoy hablando de ellos. A lo mejor es porque toda mi vida he buscado y comprado los lib...
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