Jesse Owens en Qatar
- Obtener enlace
- X
- Correo electrónico
- Otras aplicaciones
Nunca tengo claro qué me irrita más: que me obliguen a hacer algo o que me lo prohíban. Resulta paradójico, ya lo sé, para quien procura no sobrepasar el límite de velocidad en las autovías, jamás le han multado por saltarse un semáforo en rojo y es capaz de patearse varias manzanas con tal de no dejar el coche mal aparcado. Pero que me obliguen a vestir de una determinada forma o me miren mal por hacerlo de otra despierta al rebelde tocapelotas que llevo dentro. Esto es: más de un acto donde codearme con gente poderosa me he perdido por negarme a llevar corbata y más de una bronca me ha caído con alguna exnovia por lo mismo; pero, por idéntica razón, también me han mirado con desprecio por lucir esos chalecos acolchados tan cómodos (ya lo he comentado aquí alguna vez) que por lo visto, para algunas mentes estrechas, los deben de regalar al afiliarse a un partido escorado a la derecha. Jamás he militado en ningún partido, por cierto, pero no nos desviemos.
Prohibir, decía. Parece que en Qatar han advertido que quien ose lucir la bandera del arcoíris durante el Mundial se arriesga a pasar entre siete y once años a la sombra. Lo bueno, supongo, es que en un país con tanto desierto, la sombra debe de ser un bien escaso. Bromas aparte (en realidad, no sé cuánto desierto hay en Qatar ni me importa: no comparto el interés de mucha gente por esas latitudes), sería estupendo que los equipos que van a competir en el Mundial luciesen la camiseta del arcoíris, por muy hortera que me parezca. O que los futbolistas enseñasen con orgullo (lo de orgullo va sin segundas…) esos colores bajo la camiseta oficial al celebrar los goles. O, ya puestos, si algún jugador se está pensando salir del armario, sería mejor esperar a una rueda de prensa durante el Mundial para anunciarlo. Puestos a soñar (ya sabéis, estoy acostumbrado a nadar en el delicioso territorio de la imaginación), sería estupendo que el mismo jugador fuera el máximo goleador de la competición y que además formase parte de la selección ganadora del trofeo. No se me ocurre mejor justicia poética desde que Jesse Owens pulverizase unos cuantos récords del mundo mientras las esvásticas ondeaban en el Estadio Olímpico de Berlín en 1936. Por cierto: según contó el atleta y contra lo que mucha gente piensa, Hitler sí lo saludó. Sin embargo el presidente Roosevelt no encontró un momento para recibirlo en la Casa Blanca y al volver a Estados Unidos el multimedallista olímpico tuvo que seguir meando en un lugar distinto al de los blancos y sentándose en la parte de atrás de los autobuses.
Pero esa es otra historia de la que quizá hablemos algún día…
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2022
Comentarios